viernes 27 de junio de 2008

Conce para siempre

NB: La mayor parte de este post es un "reposteo" de 2006. Nunca hago esto, pero ahora amerita.


1989 es un año particularmente entusiasta en la casa. Hay euforia porque la democracia se ha recuperado y todos entendemos que por Dios que es algo bueno. Un día mi padre llegó con el álbum de figuritas "Fútbol '89". Yo, niño con una mente despierta pero bien retraído, iba camino a ser más parecido a Emilio Antilef que a un niño común y silvestre. Así que supongo que se preocupó un poco. Me enseñó los equipos y cómo su querida Universidad de Chile, a la que él tanto adoraba, estaba en algo llamado Segunda División. Creo que fue la razón por la que yo no lo seguí en sus gustos. El equipo que me había gustado inmediatamente fue uno con camisetas moradas y que tenía el nombre de la ciudad en la que, orgullosamente, vivíamos.

Deportes Concepción.

El gusto y la pasión fueron casi de la mano. El balón de fútbol vino poco tiempo después, y las pichangas en la calle, fuera de la casa, siempre estuvieron ahí. Al poco tiempo apareció uno de los primeros uniformes de fútbol que vi, bajo el árbol de Navidad. Morado desde la camiseta hasta los calcetines. Orgullosamente lo llevaba en la calle para que mi vecindario - colocolino completo - me molestara.

La verdad siempre me molestaron. Siempre, ¿por qué? Por apoyar a un "equipo chico". Uno que no estaba peleando los títulos y que tal como podía ganar 4-0 de visita a la Unión Española, podía perder 5-0 con Osorno en Collao a la fecha siguiente. Concepción siempre fue un equipo humilde, con metas claras y cercanas, que permitieran siempre mantener la dignidad y la bandera en alto.

Incluso el himno dice: "si triunfamos que sea con nobleza / respetando vencido y vencedor / si ganamos que sea sin soberbia / si perdemos que sea sin rencor".

Cuando escuchaba por la radio que ganamos la liguilla Pre-Libertadores de 1989 en Santiago, derrotando 2-1 a Unión Española y gracias a un empate 2-2 entre Católica y O'Higgins, sonreía solo. Todos los que molestaban iban a tener que callarse: ese equipo humilde iba a ir a la Libertadores con los grandes. Ese año pasamos a segunda ronda haciendo un fútbol como el equipo: correcto, ordenado, sin grandes estrellas (a pesar que estaban Villamil, Almada, Adomaitis y tantos otros) pero con una dignidad y un coraje a toda prueba. Pocos pueden decir eso de "pasamos a segunda ronda", y menos en un torneo que terminó ganando Colo Colo. Sí, porque pocos recuerdan esa parte: el que acompañó a Colo Colo ese año 1991 a la Libertadores fue Deportes Concepción, y no, Colo Colo no fue capaz de derrotar a los lilas en Collao. Fue un intenso 0-0 en el frío Febrero penquista. Otro gallo cantaría con la bruma espesa y eterna que nos hizo perder contra el América de Cali del Polilla Da Silva (3-0) y quedar afuera de la Libertadores, aunque empatáramos 3-3 en el partido de vuelta.

Tanto detalle.

El doloroso descenso en 1993 y el campeonato de Segunda División de 1994 como para recuperar el aliento y volver a sentirse parte de un grupo, volver a seguir a un equipo que lo dejaba todo en la cancha, incluso cuando tenía bien poco. Las escasas idas al Estadio porque pocos salíamos solos en ese tiempo de altísima violencia y teníamos que ir acompañados por nuestros padres. El esperar que la suerte tocara que alguien televisara un partido del Conce de visita. El conocer todas las radios de Chile y saber todos de todos los detalles de todos los partidos, quién jugó bien, quién jugó mal, quién se lesionó, quién estaba suspendido. Héctor Alarcón, Hugo Grignafini, Bernardo Pelén, Coke Paredes... Cada uno informando en su estilo.

Una Conmebol en 1999 donde llegamos a semifinales y por un capricho del destino no fuimos más adelante. Hasta Católica en la última Sudamericana, Concepción se mantenía como el último equipo chileno en llegar a semifinales de un torneo internacional. La Libertadores del 2001 y el Estadio lleno para ver al San Lorenzo de Pellegrini, al que le ganamos y dejamos afuera, con coraje y fuerza. Con un equipo muy humilde.

Villamil, mi ídolo de infancia. Adomaitis y el jugador como el que yo quería llegar a ser cuando jugaba. Almada, el héroe de mi mejor amigo. El Chico Lugo, el Coke Contreras, Óscar Lee-Chong, Juanito Cruz que una vez me dio su autógrafo. Claudio Mele, el inquebrantable Dioni Guerra, el Gran Pelado Montecinos, el Pato Almendra. Ahora último Gerardo Cortés y Daúd Gazale.

Los goles del Coke Contreras a Colo Colo el 95, el cabezazo del Chiqui Chavarría matando a la Católica en la Liguilla del 2001. El otro gol del Chiqui que nunca fue, contra Temuco. Pato Almendra y los carrerones de Pozo y Guajardo.

Tantos otros jugadores que yo no vi y que alimentaron el pasto de Collao con la poca historia que tiene. Porque, le duela a quien le duela, los demás no tienen pasión ni historia ni nada. Concepción hizo grande a la ciudad cuyo nombre lleva en el nombre, en el escudo y en el corazón.

Con tanta cosa que pensar, no tiene caso pensar en la muerte de mi club de toda la vida.

Ya sufrimos un dolor inmenso en 2006, cuando, a vista y paciencia de la ciudad y el país, nos privaron de competir por problemas administrativos. Ahora se metieron unos ladrones y sinvergüenzas al club, con pinta de abogados prestigiosos e inversionistas alemanes (a los que nunca les creímos) y nos dejaron casi muertos. Sin competir. Con el dolor en el alma y la sensación de que todos fuimos responsables. Los hinchas que vamos al estadio el fin de semana y nada más, los que no nos preocupamos a tiempo de la situación, o que apenas escribimos una carta al diario.

Había que hacer algo más para evitar perder lo que tanto nos había costado ganar. Y ahora el dolor es inmenso. Éste ha sido un año futbolístico para el olvido. Nos robaron todo, y ahora nos castigan por pavos, por haber dejado que nos robaran (¿Se imaginan estas sanciones a víctimas de la delincuencia?)

Pero qué importa. El Conce es grande. Siempre lo ha sido. Hay que salir de ésta como se salió de tantas. Como se daban vuelta los partidos que perdíamos 2-0 de local para ganarlos 3-2 con goles salidos de ninguna parte. Como lo hacía el loco Villamil: cabeceando los corners en el minuto 90. Hay que pelearla. Y nada más por ahora.

martes 17 de junio de 2008

Construyendo rutinas

Porque estoy trabajando, de todas maneras. De nueve a siete y media, y a veces fácilmente hasta las ocho y ocho y media. Depende de los flujos, de los estudios, de las facturas, de los clientes. A veces me duele la espalda. Creo que debería cambiar la silla. El jefe anda de vacaciones, así que a quién voy a pedirle la gauchada. Mi computador queda arrinconado y atrás en un escritorio, así que siempre tengo que esforzarme para alcanzarlo. A veces me angustio un poco cuando me llaman por teléfono. Espero la hora de almuerzo para relajarme un rato, y cuando llega, no puedo ir porque estoy ocupado. Pero apago el computador para ahorrar energía y parto. A veces me gustaría que no siempre hubiera buffet, pero hay. Puede que sea bueno, no lo tengo muy claro. Yo intento que sea sano y en algunas oportunidades lo logro.

Pero antes me había levantado como un cuarto para las ocho de la mañana, mientras a las siete y media pestañeaban las noticias, En Boca de Todos o algo así. Después Iván Torres hablaba del tiempo y yo iba a buscar la avena para preparármela con leche y tomar desayuno. Rogué porque hoy sí saliera agua caliente y me duché de manera mecánica. Me vestí y partí al trabajo, que queda a menos de media cuadra. No tenía ganas de saludar a mucha gente, así que me contenté con los que estaban en mi camino. Después una rápida lectura de El Mercurio, El Sur, Crónica y algún sitio de fútbol para ver si algo se ha arreglado. Facebook porque ahora los mensajes me los envían por allá. Qué partido se jugará hoy.

Sólo después Outlook para encontrarse con las sorpresas de los días anteriores. Hay un tipo de otra empresa que me escribe y me habla en infinitivos (preparar, medir, definir). Una señora que no sabe lo que es una intersección, y otra que está siempre preocupada. Un par de chistes matutinos sobre el día anterior, la actualización del fútbol, la copucha al lado del cigarro de los compañeros de trabajo. Hace un poco de frío, es cierto, a algunos los movieron al edificio nuevo. Parece que por un poco más de plata. A quién le importa. Nadie se quiere ir por allá. Por otra parte, parece que va a llegar un colega, lo cual es bueno porque es mejor decidir de a dos algunas cosas, sobretodo cuando hay matrices de viaje involucradas.

La Eurocopa, el nuevo disco de Los Bunkers, las declaraciones de Vidal, la cirugía de Piñera, el paro agropecuario de los argentinos, los correos de casa, la gente que va a imprimir a la oficina, los que van a tirar la talla, las consideraciones de terreno y otras cosas que hacen más llevadero el día pero que intentan distraerlo a uno del objetivo. Hace rato que ya no se trabaja con el estómago apretado y el miedo vivo. Hay una tranquilidad propia de la plena construcción de una rutina, de un conocimiento sereno del medio en que uno está. Por más que haya que pasar de operativo a estratégico y eso genere ciertas inquietudes.

Aunque, por otro lado, está el problema de confundir las cosas. Nunca confundo a Melissa, porque la conozco demasiado y sé dónde está. Sé que no está acá. Sin embargo, a veces en la calle me ha parecido ver a Rodrigo caminando con unos libros bajo el brazo y la barba que a veces se dejaba, o a la Mayira con sus lentes gruesos. Incluso ha habido varios Manueles (bajos, con mirada perdida y algo de calvicie prematura) y Vanessas (bailarinas de cabellos cortos) en el metro. Lo cual me recuerda que acá no hay edificio de los Tribunales, ni hamburguesas Rich, ni Deportes Concepción, ni mi mamá retándome por sentarme mal en el sillón, ni los chanchitos, ni partidos de fin de semana en la casa de Fernando, ni calles con nombres de indios, ni el notebook de mi papá, ni el barrio universitario.

Y no sé si lo extraño conscientemente. Sólo sé que a veces se me aparece. Como que no me quiere abandonar. Ni yo tampoco. Siempre terminaré volviendo, sospecho. Por ahora Santiago es el lugar donde trabajo. Como me dijo un amigo un post más abajo, no hay hogares fuera del hogar. Esto es una casa. Santiago es una ciudad. Yo trabajo aquí. A veces estoy bien contento y otras veces escucho "Miño" y se me revuelven las nostalgias porque esa canción tiene olor a Concepción. Igual que mi ropa, igual que yo, sospecho. Hasta acento debo tener. Quién sabe. Nadie me lo ha dicho. Éste es el comienzo y hasta ahora todo anda más o menos bien. Se construyen rutinas que después podrán derribarse. Se habita en un lugar que se va a abandonar. Alguien se despierta, se levanta, trabaja, come y se acuesta. Y eso es todo por el momento.

martes 10 de junio de 2008

Ingeniera con A

Hoy 10 de junio de 2008 ha sucedido un hecho extraordinario. Mi polola Melissa Vargas ha obtenido el título de Ingeniera Civil.

Un viaje especial a Concepción me permitió tener la oportunidad de estar con ella en este momento único. Llegué una hora antes de la charla, más nervioso que ella, que me esperaba, bella y vestida de negro. Estaba tranquila. Mucho más que yo. Creo que, en el fondo, sabía que las peores partes ya habían pasado, ya había vivido las angustias suficientes y ya había llorado lo que había que llorar.

Lo de hoy era un trámite.

De todas formas lo quiero consignar por escrito, por si a alguien se le olvida. Melissa Vargas es, desde hoy, una Ingeniera Civil. Detalles poco importantes podrían querer opacar lo fantástico del momento, pero no lo lograrán. Sus amigos, su familia, su pololo, quienes más la queremos, estamos orgullosos. Porque conocemos su historia de sacrificio y esfuerzo, porque sabemos de su talento y dedicación, y porque estamos ciertos de que se avecina un futuro que no tiene límites posibles.

Aunque por ahora, amor mío, tienes que descansar un tiempo. Relajarte, sacarte a los fantasmas que rondan por tu cabeza y eliminar la toxicidad de la que fuiste víctima en este proceso. Sólo quédate con la satisfacción de que pasaste muchos obstáculos difíciles, y una a una fuiste esquivando las vallas que intentaron impedir tu éxito, concluyendo con una defensa sólida de tu investigación y tus conocimientos. Fue, por otra parte, estudiando esta carrera que nos conocimos, y fuimos disfrutando nuestras alegrías y llorando juntos nuestras derrotas. Son tiempos que se deben recordar.

Finalmente lo lograste. A diferencia de varios que conseguimos terminar nuestra carrera gracias a nuestro profesor patrocinante, tú lo lograste a pesar de él. ¿No te parece un mérito mucho mayor?

Yo confío en tu futuro, creo en tus capacidades y pienso que las cosas van a ser mucho mejores en tiempo que está por venir. Te mereces un tiempo de descanso y relajo, para que alcances a dimensionar lo maravilloso que has logrado hoy. Eres una ingeniera civil y me siento orgulloso de ti. Más que nunca.

sábado 7 de junio de 2008

Lo escuché por la radio

¡Sensacional! ¡Espectacular! ¡Increíble! ¡Dramático! Todos los calificativos, adjetivos, en fin..., ya no son suficientes para calificar la hazaña que Everton está obteniendo en este instante acá en el Sausalito. (...) En este instante, Everton, por cuarta vez en su historia, es el campeón del fútbol profesional chileno. ¡Miralles en el minuto 30!"
- Hans Marwitz


Everton se tituló campeón el martes pasado, después de 32 años. Felicidades para ellos. Como pertenezco a la mayoría anticolocolina del país, y ese día todos éramos hinchas de Everton, la victoria me pareció más dulce. Igualmente, parecía simbolizar el triunfo de los provincianos y el hecho de que, aunque sea por una sola vez, podemos dominar por sobre los santiaguinos.

Este importante acontecimiento futbolístico lo viví acompañado de la radio. Acá en Santiago, Cooperativa se escucha en FM, y yo tengo la idea de que no puede haber una buena transmisión deportiva radial si no se escucha la Cooperativa. Salvo que relate alguien como Mario Montecinos, "El Número Uno", ex de Golazo en la UBB, hincha fanático de Deportes Concepción.

Pero no era el caso. El gringo Hans Marwitz, que aparentemente es colocolino, igualmente gozó con el triunfo de los de Viña. Probablemente su voz potente exageró muchos de los acontecimientos del partido, y muchas de las llegadas que gritó como tales, no eran más que lanzamientos desde fuera del área que pasaban diez metros fuera de los verticales.

La radio, sin embargo, entrega esa emoción que ningún otro medio es capaz de transmitir. Terminaba el partido y se escuchaban gritos emocionados desde las galerías del Sausalito, y se sentía el aroma a algo importante. Los comentaristas apenas hablaban, el informador de cancha local trataba de esbozar alguna frase a puros gallitos.

Finalmente llegó la consagración.

¡Everton campeón! ¡Everton campeón! ¡Everton campeón! ¡Everton campeón! Con Ever for ever en el corazón"
- Hans Marwitz


Entonces nació este triunfo de un pequeño sobre los grandes, aplastando la soberbia, y la oportunidad de que los demás nos subiéramos al carro de la victoria todo lo posible. Entrevistas radiales a antiguos astros del Everton '76, jingles repetidos hasta el cansancio, jugadores eufóricos, el público del "dale campeón" y todo eso, gracias a la radio, a falta de CDF Premium.

Recordé aquella liguilla de enero de 1991, cuando, a mis cortos años, apenas alcanzaba a comprender que el empate entre O'Higgins y la Católica clasificaba a mi querido Deportes Concepción a Copa Libertadores por primera vez en su historia. Y cómo un par de meses más tarde, debía contentarme con escuchar, vía Radio Chilena de Concepción, el 0-0 entre el Conce y los indios en Collao, por la primera fase de la Libertadores que al final ganarían estos últimos. El estadio se llenó con 31.000 espectadores y ya no fue posible conseguir entradas.

Recordé a Schiapaccasse envidiando la suerte de los enviados especiales a Londres, que relataban sorprendidos el triunfo de la Roja ante Inglaterra, con ese maestro llamado Marcelo Salas. Me acordé de Ernesto Díaz desgarrándose la garganta con el gol del Choro Navia a los argentinos y diciendo "nos vamos a Sydney, no estamos soñando: ¡es verdad!". Carlos Alberto Campusano narrando los partidos del torneo local ("¡treee-pa, tree-pa, tree-pa!"). Chascarros insólitos, como un gol que nunca existió en Curicó, proclamado por emisoras locales de Concepción para dar la ilusión a Ñublense de que había sido campeón, cuando el verdadero monarca estaba empatando en la tierra de las tortas...

Al ser un medio que eminentemente utiliza el poder de la imaginación, la radio permite una emoción sumamente diferente. Hace tiempo que no disfrutaba tanto un partido que no veía. Marwitz y sus colegas me recordaron el fútbol que debe haber existido hace tantos años, cuando había más romanticismo en los pastos y las tribunas.

En todo caso, la radio siempre es una compañera agradable. No hablo de esos programas de grandes radios en donde se rescata a figuras de la televisión. No me interesa escuchar a Diana Bolocco (!), Felipe Izquierdo o Fernando Villegas en la radio. Sí necesito las ondas electromagnéticas para tocar cierta música que tengo olvidada (el otro día la Duna hizo un notable "Sintonía Crónica" con el disco Forever Changes de Love), para resucitar artistas muertos en la memoria (la Radio Uno es un gran hallazgo en este plano), e incluso para acompañar con verdadera emoción.

En los viajes antiguos, recuerdo a mi papá buscando radios locales en la AM del auto, como para captar qué escuchaba la gente de Renaico o Coñaripe. Ahora la radio on-line hace que uno pueda meterse por la ventana para mirar hacia Salamanca y Angol, y escuchar los partidos de Tercera División como placer culpable. Como para algún tipo de contacto y sacar algo de emoción del sonido. Como para no irse del lugar en donde uno quisiera estar.

domingo 1 de junio de 2008

Números capitales

Santiago tiene, de acuerdo al censo de 2002, 5.428.590 habitantes. Esto equivale a un 35,9% de la población total del país. O sea, dos de cada cinco1 chilenos viven en Santiago. Está a cerca de 567 metros sobre el nivel del mar, en promedio. Ocupa una superficie cercana a los 650 kilómetros cuadrados. O sea, en cada kilómetro cuadrado de Santiago viven cerca de ocho mil quinientas personas. De sus actuales habitantes, cerca de un 32% son nacidos en otras ciudades de Chile.

Tiene una temperatura anual promedio de 13,9° C, con una media mensual máxima de 20,0° C en enero y una mínima de 7,8° C en julio. En un año normal, caen trescientos treinta y ocho milímetros de agua. Comparar esto con los mil ciento diez que deben caer en Concepción en el mismo período es casi una broma de pésimo gusto.

La ciudad está conformada por treinta y seis comunas, treinta y dos de las cuales quedan dentro de la provincia de Santiago. Puente Alto es capital de su propia provincia: Chacabuco. La Florida, Maipú y la misma Puente Alto tienen más de cuatrocientos mil habitantes cada una. Los índices de desarrollo humano muestran que las comunas del sector oriente de la capital cuentan con los mejores niveles de vida. Esto incluye a Providencia, Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea, Ñuñoa y La Reina. Cerca del 10% de los santiaguinos viven bajo la línea de la pobreza2, un 68% declara ser católico, aunque apenas se registran 204 parroquias a lo largo de toda la ciudad.

El PIB de Santiago equivale a cerca del 43% del correspondiente a todo Chile. En la ciudad se genera un 45% del valor agregado de la producción industrial, y un 43% de la construcción, que asimismo contribuye con la generación de más de cinco mil millones de toneladas de residuos por año3. Tiene al menos cuatro importantes terminales de buses, la estación central de trenes y el único aeropuerto internacional del país. Da lugar a 174 sitios patrimoniales, 144 salas de cine, tres museos nacionales y una infinidad de otros museos. Siete equipos de Santiago juegan en Primera División, mientras que otros once semiprofesionales militan en Tercera4. Hay seis estadios de cierta importancia, incluyendo, era que no, el Nacional. Hay seis canales de televisión de alcance nacional, y unos cuantos locales. Nueve diarios de tiraje nacional, otros boletines, revistas y quincenales. Más de un millón de autos, casi el 40% del total nacional5, y casi 6 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Hay calles interminables, personas mudas escuchando iPods, pokemones por cientos, cinco líneas de metro, políticos de terno y corbata, chupasangres, ejecutivos de la peor calaña, gente incomprensiva, milagros que nunca suceden, zonas pagas, departamentos vacíos, muebles por comprar, semáforos, conteos de flujo vehicular, servicios de televisión por cable, librerías con IVA, perros de la calle, inundaciones, terremotos, asaltos, gente que camina sin dirección alguna, un par de árboles, dos parques, cuatro amigos con mucha generosidad, mi empresa, mi trabajo. Todo hay acá. Yo soy de acá a partir de hoy. Aunque creo que siempre seré de allá, por mucho que la vida me haya traído para acá a empujones y a regañadientes.

-oOo-

1 Nótese que utilizo números indoarábigos y palabras de manera indiscriminada, tal como lo recomienda la RAE.
2 ¿Dónde estará esa línea? Hay que tener ojo con el hecho de que, si uno la ve en la calle, no debe cruzarla.
3 Vargas (2008)
4 Despúes de muchos años, la Primera B, durante esta temporada, es sólo provincial.
5 Un automóvil cada 7 habitantes.

viernes 2 de mayo de 2008

Pausa

Me declaro en pausa reflexiva indefinida. ¿Se entiende, no?

Si no, no importa. Prometo explicarlo. Esto no se termina. Probablemente nunca.

Sólo quiero anunciar que estoy vivo y seguiré escribiendo, apenas las aguas se calmen un poco. Lo que sea que eso signifique.

miércoles 16 de abril de 2008

Brevenota XI

Mi principal ocupación en la vida es hacer que los modelos predictivos fallen conmigo.

Aunque, como aprendemos los ingenieros a lo largo del camino, cualquier modelo predictivo está destinado, irrevocablemente, a no acertar en sus predicciones.

Brevenotas anteriores: I · II · III · IV · V · VI · VII · VIII · IX · X

sábado 12 de abril de 2008

Saltando el tiburón

The term jumping the shark alludes to a specific scene in a 1977 episode of the TV series Happy Days when the popular character Arthur "Fonzie" Fonzarelli literally jumps over a shark while water skiing. The scene was so preposterous that many believed it to be an ill-conceived attempt at reviving the declining ratings of the flagging show. The phrase has become a colloquialism used by U.S. TV critics and fans to denote the point at which the characters or plot of a TV series veer into a ridiculous, out-of-the-ordinary storyline. Such a show is typically deemed to have passed its peak. Once a show has "jumped the shark" fans sense a noticeable decline in quality or feel the show has undergone too many changes to retain its original appeal.
- de Wikipedia
Los gringos tienen términos para todo. En la serie de la que se habla arriba (Happy Days), un capítulo particularmente absurdo incluía al protagonista, Fonzie, literalmente saltando sobre un tiburón sobre un par de esquíes acuáticos. La escena no tenía absolutamente nada que ver con la trama de la serie, y fue concebida como un intento desesperado por recuperar rating, incorporando elementos que, aparentemente, podían atraer nuevas audiencias y permitir que el programa reviviera viejas glorias.

Obviamente, no funcionó.

Sin embargo, sí se creo la frase. Jumping the shark, o "saltar el tiburón" en español, se convirtió en sinónimo de incorporaciones absurdas a series de televisión, tratativas desesperadas por reformular programas que vienen en franca declinación, adiciones de personajes raros, cambios extrañísimos en la conformación de algo que había funcionado de una misma manera la mayor parte del tiempo.

Una página gringa se dedica a identificar los momentos específicos en que los programas de televisión de allá "saltaron el tiburón". Casos clásicos incluyen la aparición de El Gran Gazoo en Los Picapiedra, con todo lo extraño que era un extraterrestre en la era de las cavernas (¿alguien entendió el chiste alguna vez?); la aparición del segundo Darrin en Hechizada (les apuesto a que no se habían dado cuenta que la bruja Samantha había tenido un esposo interpretado por ¡dos actores distintos!); el matrimonio de Fran con el señor Sheffield en The Nanny (eliminando todo el humor que se daba en el constante flirteo entre ambos); los enésimos hijos adoptados por la familia Ingalls en La Pequeña Casa en la Pradera; la aparición de abuelos jazzistas en The Cosby Show; la muerte de Maude Flanders en Los Simpson; o el estreno de la película de Los Archivos Secretos X...

La fiebre realitera de los últimos días me ha hecho concluir que los programas de telerrealidad chilenos saltaron el tiburón hace rato por acá. Seguro, Protagonistas de la Fama fue un experimento interesante, y La Granja presentó competencias entretenidas. Pero hacer un programa para elegirle un pololo a una modelo fue como demasiado. Casi tanto como hacer la segunda parte de Pelotón.

¿Y qué otras versiones nacionales hay? Muchos dicen que Sábados Gigantes nunca fue lo mismo desde que a Don Francisco se le ocurrió hacerlo desde Miami. O que Los Venegas murieron cuando se fue el Memo. Yo soy testigo de que nuestras teleseries se arruinan cuando se alargan demasiado (Machos, Brujas, Lola) o aparecen fantasmas fuera de todo contexto (Brujas, Versus, Amor por Accidente). Enfrentémoslo: el fantasma es un recurso fácil para prolongar la historia de alguien que ya se había muerto. El peor caso, sin embargo, lo recuerdo en Marrón Glacé, cuando hubo que deshacer la muerte de Octavio (Fernando Kliche) y disfrazarla de negligencia médica para justificar Marrón Glacé: El Regreso.

Otros casos... Para muchos, La Ley saltó el tiburón cuando se fue a México. Para un amigo, Los Tres lo saltaron cuando empezaron a cantar cuecas. Según algunos críticos, Los Jaivas no pudieron volver a ser lo que eran antes luego de la muerte de Gabriel Parra. Los Prisioneros perdieron todo lo bueno que tenían cuando se integró la mujer que tocaba teclados. El matinal del 13 nació con el tiburon saltado y no parece que vaya a salir de ahí. El Jappening lo saltó cuando se fue a Mega, y Condorito cuando internacionalizó el humor.

Para otros, el mérito está en mantenerse en lo más alto. Como el Chino Ríos, que se retiró a tiempo para no alcanzar a dar lástima en el circuito ATP. O los Beatles, que se acabaron junto con los '60 y dejaron su leyenda en alto, y sus fracasos para sus carreras solistas.

Pero siempre hay cosas que antes eran buenas y, en un momento específico, dejaron de serlo. Recordar esos momentos tiene algo de morboso, pero es igualmente entretenido. Saltar el tiburón es algo que le puede pasar a cualquiera, después de todo.

lunes 7 de abril de 2008

Somos tontos y pesados

"De telefoun is rinin,
Is mai mader on de foun?"
- Sergio Lagos


Parte de mis problemas con hablar por teléfono venían por lo que me pasó cuando tenía como nueve años y recién pusieron un aparato telefónico en la misma casa en la que vivo ahora. Sí, en ese tiempo había teléfono, y ese año estrenaban Los Venegas en TVN y había Copa América con sede en Concepción (vino Chile con Zamorano y Argentina con Batistuta y Leo Rodríguez).

El caso es que para algo quería llamar a mi mamá al trabajo. Por dármelas de agrandado, ocupé el botón de rediscado, jurando que antes alguien había marcado el teléfono del hospital, así que me atendieron y pregunté por la enfermera de ese nombre.

- ¿Enfermera? - me dijeron
- Sí, enfermera.
- Acá hay una sola enfermera y no se llama así.
- ¿Hay una sola enfermera en el hospital?
- Usted habla con el Colegio Salesiano.

Y me dio tanta pena todo eso, que contaba la anécdota con cierta vergüenza. Así que después evitaba hablar por teléfono, a menos que fuera estrictamente necesario. Total, a la mayoría de mis amigos los veía en el colegio todos los días, y el resto vivía lo suficientemente cerca como para tocar la puerta. Porque antes había muchas menos rejas altas y timbres que ahora.

Tengo la idea de que en el teléfono se pueden esconder las caras. Es obvio que literalmente es así, pero me refiero a que el tono de voz puede hacerse igualmente falso, para esconder lo que uno realmente siente.

Me han tocado montones de desilusiones telefónicas. Gente que dice una cosa pero que en el fondo puede estar comiendo yogur con cereales, pendiente de la teleserie o encerrada en el baño para que nadie los escuche. Inventando viajes, ofreciendo créditos inmediatos, entregando la clave del éxito o preguntando por las llamadas de larga distancia en el hogar.

En esta última debo confesar mentiras. Tan aburrido estaba del Banco Ripley y sus llamadas ofreciendo "montos pre-aprobados" que la última vez simplemente perdí la paciencia y les dije:

- ¿Otra vez están llamando acá?

Lo bueno fue que me borraron del directorio porque hace rato que no vuelven a felicitarnos por haber sido "favorecidos" con este dichoso premio de las llamadas.

Después a Entel le dije que no había nadie con el nombre que ellos buscaban (el mío) en mi casa. Otra vez me acuerdo que mi papá lanzó el garabato más largo que yo recuerde haber escuchado cuando llamó Joaquín Lavín pidiendo votos en la campaña de 1999. Y me acuerdo haberle cortado el teléfono, orgullosamente, a Raquel Argandoña. Y lo haría de nuevo.

En fin. El teléfono, como el Messenger o el computador, no terminan de convencerme como formas de comunicación.

Porque hay algunos que siempre van a sentirse dañados de una forma o de otra. Creen que cualquier cosa que uno haga es un ataque, o la expresión de la maldad que uno lleva adentro. O tal vez que uno les va a querer robar información confidencial, para después robarles las ideas, los proyectos y dejarlos en la calle. Y en el fondo lo que se les pedía era un poco de buena disposición para pasar algún dato que hiciera las cosas más fáciles. O simplemente comenzar a salir de un problema.

Está bien ser desconfiado, me imagino. Pero tenerle miedo a alguien por un par de preguntas es demasiado. No sé si estas personas andarán a la defensiva por la vida, y necesitarán confirmaciones y recontra-confirmaciones en su correo electrónico, querrán mantener sus números de teléfono en privado o simplemente no les gustará verse amenazados por... personas que no quieren amenazarlos en absoluto.

Pero qué fácil es responder mal por teléfono, escudarse sin dar razones, sentirse invadido y abrumado por peligros que no piensan serlo. Ser pesada al otro lado de la línea, hablar con voz golpeada y decir "no sé quién te habrá dado mi número" es una muestra de prepotencia que, en todo caso, debe ser producto de la competencia absurda en la que vivimos hoy en día. Porque hoy no basta con ser tontos, como lo hemos sido siempre. También hay que ser pesados.

-oOo-
PS: Igual, no te preocupes, porque todo va a salir bien. Yo lo tengo más que claro, y sólo es cosa de tiempo para que tú también lo creas.

martes 1 de abril de 2008

Ejecutivos

Un cuarto para las siete de la mañana, la zona de embarque estaba llena de ejecutivos.

Ejecutivos de terno y corbata.
Ejecutivos de ternos azul marino y corbatas rojas.
Ejecutivos de cuello y corbata.
Ejecutivos de lentes gruesos.
Ejecutivos de maletín.
Ejecutivos de maletines con papeles importantes.
Ejecutivos que leen Estrategia y Capital.
Ejecutivos que comentan las fusiones más importantes del ejercicio actual.
Ejecutivos de zapatos bien lustrados.
Ejecutivos con caras de sueño.
Ejecutivos que conversan sobre sus campos en la zona central.
Ejecutivos que discuten sobre la conveniencia de planificar un nuevo canal de regadío, y los sueldos que se deben pagar a los empleados que hagan el trabajo.
Ejecutivos que revisan balances mientras esperan el horario de embarque.
Ejecutivos que se muestran sorprendidos por el explosivo aumento de los costos durante el ejercicio anterior.
Ejecutivos que hablan como si tuvieran una papa caliente en la boca.
Ejecutivos de camisas celestes.
Ejecutivos sentados en sillas metálicas.
Ejecutivos jefes de otros ejecutivos.
Ejecutivos pendientes de la variación horaria del IPSA.
Ejecutivos que saben al dedillo a cuánto está el dólar.
Ejecutivos subordinados de otros ejecutivos.
Ejecutivos con cargos en las empresas más importantes del país.
Ejecutivos que dicen que uno de sus colaboradores es un inepto.
Ejecutivos que no hablan de su vida privada.
Ejecutivos con calcetines en tono de la corbata.
Ejecutivos que cuentan sus billetes y hablan de sus chequeras.
Ejecutivos que dicen gritonear a sus secretarias.
Ejecutivos interesados en la ampliación de sus empresas.
Ejecutivos que se saben observados.
Ejecutivos que ignoran el desprecio de quien los mira.

jueves 27 de marzo de 2008

Nunca voy a ser un escritor

El enojo debe ser una reacción espontánea para garantizar eficacia.

Al menos eso he descubierto. Cuando preparo los enojos con días u horas de anticipación, me salen torcidos. Alguna palabra sobrepensada me delata, y la pronuncio mal en el momento más trascendente. O me da risa y olvido por qué estaba enojado. O simplemente la violencia no es tan fuerte y la falta de espontaneidad conspira contra la efectividad del discurso.

Sin embargo, cuando me encuentro en momentos de ira particular sin previo aviso, es cuando he sido capaz de explotar, y lanzar rosarios dignos de Patty Cofré o Daniel Vilches en sus mejores épocas. Aunque nunca he sido demasiado garabatero tampoco. Hay palabras y frases que pueden herir más que un "chuchesumadre", que puede parecer derivativo y soso.

Conozco a un individuo que anda en motocicleta por Santiago. Los motociclistas son bastante insultados por los automovilistas, que creen que las calles les pertenecen irrenunciablemente. Así que normalmente les andan gritando cosas para que se aparten. Este individuo, en vez de alterarse en la respuesta, toma un respiro y se asoma por la ventana del auto para gritarle al chofer:

"¡Que tus hijas te avergüencen!"

Supongo que a muchos se nos ha ocurrido la frase perfecta para responder una discusión irritante después que ésta ya se ha terminado, y nos han dado ganas de volver atrás para ver la reacción del contrincante al decirla (hay un capítulo de Seinfeld dedicado completamente a este tema).

En fin. Hay formas y formas, según lo he estado descubriendo durante esta misma redacción. Por ejemplo, en estos momentos, y aunque ustedes no lo crean, queridos radioescuchas, la ira me está consumiendo. Tengo un enojo interno arrastrado por harto tiempo, por un montón de cosas que no vale la pena explicar. Y no he encontrado las palabras adecuadas para expresarlo de una forma que pueda entenderse.

Como para que lo pudieran dimensionar.

No, como planifiqué escribirlo en el blog, me salió una reflexión absurda que no tiene nada que ver con el origen ni con el destino de la rabia que siento en estos momentos. Y, como tampoco hay mucho que pueda hacer para solucionar el problema, porque las responsabilidades me sobrepasan, supongo que debo quedarme tranquilo con haber dejado salir estos sentimientos, a pesar de que ustedes probablemente ni siquiera lo hayan notado.

Nunca voy a ser un escritor porque ellos no deben decir siempre. A veces tienen que sugerir. Yo no puedo sugerir ira, ni mostrarla premeditadamente. Sólo me brota a cascadas en momentos particulares.

Olviden todo lo que acabo de escribir.

jueves 20 de marzo de 2008

Adietados

Cuando uno se encuentra con curiosísimos artículos como éste en Wikipedia, es imposible no tener inspiración. Igualmente, pensar en cosas como la dieta al estilo paleolítico no deja de revolverme un poco el estómago y la conciencia. En ese orden.

En este invento, se supone que, genéticamente, el hombre está adaptado a comer los alimentos primitivos que, en en la época prehistórica, le quedaban más al alcance. Por tanto, no necesitamos "naturalmente" los alimentos elaborados que consumimos hoy día. Bastaría con vegetales (sin sal), carne (sin aliños) y excluir cosas tan básicas como el trigo y los cereales.

Bah.

Recuerdo que, para uno que es católico, el Viernes Santo es día de ayuno y abstinencia. En lo práctico, esto se traduce en que hay que evitar la copiosidad en el comer. Los banquetes se asocian con carnes, así que obvio, las carnes quedan prohibidas.

Y la parte triste es que es claramente cuando más se las extraña. Porque, casualmente, justo en esos días, uno recuerda lo bueno que es comer un trozo de carne. Aunque en días no sacros no haya ningún problema en comer lentejas y ensalada de acelga. "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes" y todo eso.

Las pocas veces en que me he visto obligado a hacer dieta, por problemas temporales de salud, me ha pasado algo parecido. Una vez amanecí con un dolor agudo en la parte inferior derecha del estómago. Dado que estaba cerca del apéndice, me tuvieron en observación. Si un examen (que estaba listo en la noche) determinaba que tenía apendicitis, entonces había que entrar a pabellón de manera directa. Para esperar ese cruel acontecimiento, pasé 14 horas sin comer.

Encerrado en la casa, trataba de pensar en cosas que no estuvieran relacionadas con pan, cereales, carne... e incluso fruta. No sé de dónde saqué la fuerza de voluntad. Tal vez el dolorcillo miserable que sentía me ayudó un poco. El caso es que, llegadas las nueve de la noche y comprobado que el infame síntoma sólo era una manifestación más de mis nervios, recordé lo espectaculares que son los barros luco. Con hambre, me pareció una de las comidas más deliciosas (¡y frugales1 al mismo tiempo!) que recuerde.

Creo que ése es el mayor problema de las dietas. Al menos para mí. El recuerdo de lo que estoy dejando de comer2 genera una rebeldía tan grande que, al final, el propósito no se cumple.

Recuerdo lo buenas que son las frituras cuando me las prohíben o me las autoprohíbo3, y al final termino rindiéndome ante la tentación de unas papas fritas con sobreprecio en alguna tienda comercial. Dejo de tomar Coca-Cola, aquel vicio embotellado, sólo para recordar lo extraordinaria que es para acompañar no sólo las comidas sino que casi cualquier momento. Creo que incluso llego a sobredimensionar el verdadero sabor que tiene.

Estoy convencido de que las dietas, por tanto, sólo tendrían un efecto cortoplacista en mí. Afortunadamente todavía no me convierto en un obeso, por lo que sólo me basta algo de cuidado, y no debería necesitar asumir nuevos compromisos alimentarios.

El mundo, es cierto, está inundado de compuestos químicos agregados a los alimentos, provenientes de quizás qué otros compuestos químicos de quizás qué otros desechos transgénicos. Hay alteraciones genéticas en frutas y cereales, y la cantidad de hormonas, proteínas, células, enzimas y todas esas cosas desconocidas, en productos conocidos, es insospechadamente enorme.

Pero mi fuerza de voluntad tiende asintóticamente a cero para asumir tareas como éstas. Así que prefiero proclamarlo en una bitácora pública. Las dietas no funcionarían conmigo. Acepto la variedad química y humanamente alterada de nuestros alimentos diarios. Acepto que la salud es más difícil de conseguir que antes.

Sólo puedo prometer disminuir dosis. Pero prometer eliminar la basura que como sería una de estas promesas que se lleva el viento, y que están tan de moda.

Responsablemente, no estoy dispuesto. Nada con dietas paleolíticas y creo que nada con dietas voluntarias tampoco.


-oOo-
1 Agradezco a Héctor por recordarme el verdadero significado de esta palabra y sacarme del error que me tenía creyendo que era exactamente todo lo contrario.

2 Lo que en economía se llama costo de oportunidad.
3 Les recuerdo, amables radioescuchas, que ambas palabras llevan tilde.

sábado 15 de marzo de 2008

Me está rompiendo las entrañas

Una de las formas de tortura más eficaces está relacionada con la música. Al menos así lo informa la edición de hoy de La Tercera, que entrega la lista de canciones más utilizadas para "ablandar y presionar a los prisioneros en Guantánamo e Irak".

Uno podría pensar que lo obvio en una lista de este estilo sería incluir algunos ejemplares del heavy metal más intenso (de hecho, hay canciones de Metallica, Dope y Deicide). Sin embargo, hay temas que intentan inducir una clase de tortura un poco diferente. Están "America" de Neil Diamond y "Born in the USA" de Bruce Springsteen, diseñadas como canciones que exaltan el espíritu del sueño americano y de cómo los Estados Unidos son una tierra donde los sueños pueden cumplirse. Extrañamente, se agrega la inocua y diagonal "American Pie" de Don McLean a este grupúsculo. Se suman temas eminentemente sectarios, como "White America" del impasable Eminem.

En fin. Christina Aguilera también está incluida, con "Dirty", por su connotación sexual. Y muchas veces, "para quebrar a los prisioneros" se utilizaban reproducciones repetidas hasta el cansancio de los temas centrales de Barney y Plaza Sésamo.

Todavía no tengo muy claro el rol de un tema como "Stayin' Alive" de los Bee Gees en esa lista.

Sin embargo, he descubierto que cualquier enemigo tendría un arma muy poderosa para torturarme, en caso de caer prisionero en alguna oportunidad. Para algunos (tengo un amigo así), la música que suena de fondo no pasa de ser una anécdota, y la misma reacción puede ser provocada por la "Sinfonía Inconclusa" de Schubert, o "El Señor de la Noche". Por otro lado, una vez leí en Blender sobre un tipo que tuvo algunos delirios demenciales por escuchar durante 24 horas seguidas la que fue escogida por esta revista como la peor canción (famosa) de la historia, "We Built This City" de Starship.

Pero yo acostumbro decir que hay determinadas canciones que me rompen las entrañas. Alguna vez expliqué esta manía mía y di a entender que me hacía falta un poco de tolerancia. Pero, en fin, la irritación es difícil de controlar. Creo que una lista bien hecha de determinadas canciones particularmente irritantes, interpretadas por artistas particularmente mediocres, puede llegar a matar.

Piensen en lo terrorífico de basuras como las de Ricardo Arjona o Sin Bandera (y la pléyade de intérpretes tipo FM-2 que aparecen cada cierto tiempo), mezcladas con todas las canciones de la Nueva Ola que hablan del verano ("llegó el verano y yo me siento feliz / pa-pa-pa-pá / porque en invierno yo a ti te prometí / pa-pa-pa-pá", o bien "no te olvides la toalla cuando vayas a la playa / oh-oh, sha-la-lá, ye-ye, ye-yé"), las de Nicola Di Bari o Leonardo Favio que hablan de sus romances enfermos con niñas pequeñas ("porque a quince años tuviste un amante"), canciones setenteras de letras miserables ("Juntos iremos con las golondrinas / y el mundo será nuestro hogar"), porquería electrónica de los '80 (¿por qué esta época de repente es "cool" si la música fue verdaderamente espantosa?), bailables de Fulanito, Sandy y Papo, Chocolate, El Símbolo y los insufribles grupos brasileños (i.e., todos los que traían un "nuevo ritmo")...

A esto se podrían agregar las canciones que uno siempre pensó en qué le estaba pasando al mundo que pesacaba estas cosas ("La Rubia del Avión" directo a Brasil, "La Muda" que "no le dijo nada", el "Tractor Amarillo", la "Macarena", el "Aserejé", "El Baile del Perrito", "Está Pegao" y un interminable etcétera), una buena dosis de reguetón (con especial énfasis en aquellos temas en que chilla una voz femenina pidiendo que le den "todo lo que quiere"), la canción pro-dictadura fascista de Nino Bravo ("y saber lo que es al fin / la libertad...") y finalmente, el tema central de Titanic, en la incombustible voz de la detestable Celine Dion.

El efecto neto puede ser peor que una trepanación sonora, o un conjunto de máquinas aplanadoras sonando en la pieza de al lado, o el sonido del cepillo eléctrico del dentista.

Ahora, una canción de Maná localizada en momentos puntuales del día, puede ser letal por sí sola. Especialmente si el vocalista insiste en elevar su voz al infinito.

Bush y Condoleezza deberían estar tomando nota.

miércoles 12 de marzo de 2008

Había que estar ahí

Hay gente que dice que Bob Dylan no dijo ninguna palabra, pero me parece que no estaban poniendo demasiada atención.

De hecho, la mayoría de la gente sí estaba poniendo atención, y eso me pareció notable.

El Arena Santiago (¿"la Arena Santiago"?) estaba medio vacío cuando aún quedaban veinte minutos para el concierto. Había decidido ir solo, como lo documenté en un post anterior. En mi ubicación me pude dar el lujo de ensanchar mi ubicación, porque los dos asientos numerados a mis costados no fueron ocupados. De hecho hubo gente que llegó a la tercera canción del show. Supongo que la puntualidad sigue siendo una virtud que acá en Chile no pega mucho. Me incluyo en la crítica.

Yo había llegado una hora antes principalmente porque no conocía bien la ubicación del Arena Santiago. Huaso provinciano, de nuevo.

Dylan dijo una vez que no necesitaba hablar en sus conciertos. No le gustaba eso del "Houston, are you ready to rock?", porque, para él, es obvio que la gente hace el esfuerzo de estar ahí con él, y por tanto, quiere escucharlo haciendo música. Y dice que tampoco necesita manifestar su afecto de otras formas. Es obvio que le importa, porque está ahí. Porque podría perfectamente quedarse en su casa escribiendo canciones para otros, o disfrutando de los millonarios derechos de los que debe disfrutar por sus canciones. Bebiendo whisky y jugando golf.

Pero el tipo está ahí. Tiene 66 años y está vigente porque el disco Modern Times lo devolvió a la luz pública. Aunque no es de sus mejores trabajos (algunos preferimos los dos anteriores, Love and Theft y Time out of Mind, como muestra de su madurez de voz rasposa), tiene canciones poderosas, intrigantes y fuertes. Y el álbum constituyó el esqueleto del vibrante concierto que dio anoche.

Para los que no lo conocen, este caballero es más poeta que músico. Ha escrito páginas brillantes, irónicas, románticas, punzantes, puntudas, sublimes, solemnes. Y también un par de tallas y discos pésimos. Pero eso no es lo importante. Lo que verdaderamente interesa tiene que ver con que su fortaleza jamás ha sido como cantante.

No canta. Susurra. A veces grita. Desfigura la línea de la canción de manera tal que sea absolutamente imposible seguirlo. Uno creía que iba dejando los espacios para que el público cantara, pero finalmente igual pronunciaba "she breaks... just like a woman" después de una larga pausa.

Toca tres canciones visiblemente incómodo con una guitarra colgada al cuello, a la que parece sacarle algunos acordes. Luego se suelta tocando un órgano eléctrico que hace que, prácticamente durante todo el concierto, se ubique a espaldas mías. Abre con "Leopard-Skin Pill-Box Hat", que ahora es un blues endemoniado:

"Yes I see you got a new boyfriend
You know, I've never seen him before
And I saw you making love with him
You forgot to close the garage door
You may think he loves you for your money
But I know what he really loves you for
It's your brand new leopard-skin pill-box hat!"


La ironía con la que parte el show es envidiable para un irónico. ("Veo que tienes un nuevo novio / Nunca lo había visto antes / Y también te vi haciendo el amor con él / Te olvidaste de cerrar la puerta del garage / Puedes pensar que te ama por tu dinero / Pero yo sé de verdad por qué te ama / ¡Tu sombrero redondo con piel de leopardo"). "Lay Lady Lay" sigue el show con el sabor de la original, aunque la melodía nueva es imposible. Después pasa a un nuevo blues en "Watching the River Flow", con más raíces gringas. Se va al órgano y hace una versión terrorífica de "Masters of War", uno de sus himnos pacifistas que perfectamente ahora podría dedicar a Bush. Aunque no le interesa.

"And I hope that you die
And your death'll come soon
I will follow your casket
In the pale afternoon
And I'll watch while you're lowered
Down to your deathbed
And I'll stand o'er your grave
'Til I'm sure that you're dead"


Después de destrozar al dictador, lo remata con palabras: "Y espero que te mueras / Y que tu muerte venga pronto / Seguiré tu ataúd / En la pálida tarde / Miraré cuando te bajen / Hacia tu nicho / Y me pararé al lado de tu tumba / Hasta asegurarme de que has muerto".

No sé si la gente la reconoce. Después, una sucesión de temas de Modern Times, incluyendo mi favorito proletario "Workingman's Blues #2", otros de Love and Theft sin incluir mi favorito "Mississippi", pero no dejando de lado "Honest with Me", una de las que más permitió brillar al batero. "Just Like a Woman" encendió a la gente, igual que el final con "Summer Days" y "Like a Rolling Stone" pegadas, casi como en un medley. Un aplauso respetuoso y afectuoso.

El tipo es un maestro, qué duda cabe.

Juro que escuché un "thank you" después de "When the Deal Goes Down" y un más afectuoso "thank you Chile!" después de "Thunder on the Mountain". Puede que haya estado alucinando. Lo vi haciendo pequeñas reverencias y apuntando al público. Lo vi retirarse después de una espantosa rendición de "Blowin' in the Wind", que, para mí, fue el punto bajo de la noche.

Pero qué importaba. Lo vi. Estuve a unos metros pero la iluminación para él era tan oscura que ni siquiera supe si llevava bigote. Lo escuché de cerca, aunque con mis canciones favoritas habría armado un concierto distinto. Claro, "Mr. Tambourine Man", "My Back Pages", "Desolation Row", "Dignity", "Standing in the Doorway", "Every Grain of Sand", "Tombstone Blues"...

Qué importa.

Ahora puedo vivir más tranquilo, porque éste era un show que había que ver. Con una banda de inmensa calidad, con un tipo lleno de talento que no se deja llevar por lo de ser una celebridad, porque prefiere ser un fantasma. O nadie. Con un público que deliró de manera tranquila. Que agradeció la sencillez de un escenario que nunca se vio recargado. De que nadie fuera capaz de seguir el fraseo para hacer coros. De que brillaran las canciones "nuevas", porque todo fue nuevo. Una renovación que, sea por la razón que sea, siempre ha sido la constante en la carrera de Bob.

En fin. Deliro un poco. Que nunca muera Dylan.

viernes 7 de marzo de 2008

Variables de decisión

La primera vez que viví en Santiago pagué pensión. Fueron dos meses que se me hicieron interminables, principalmente por el calor lejos del aire acondicionado de la oficina, y porque estaba lejos de Concepción.

Mauro Basualto de Los Bunkers, en el extraordinario DVD que relata su historia, dice que "a los penquistas nos cuesta caleta salir de Conce, pero una vez que nos vamos, no volvemos jamás". Por Dios que cuesta dejar esta ciudad. No sé muy bien qué tiene. En mis veinticinco años no me he logrado dar cuenta plenamente de qué es lo que sucede con ella.

A pesar de los días húmedos y nublados, a pesar de los pokemones en la Plaza de los Tribunales, a pesar de nuestra nefasta alcaldesa, hay un encanto indiscutible, en las casas que circundan Barros Arana, en el ambiente de pujanza intelectual, en la diversidad dentro de lo pequeño.

Insisto, no lo tengo claro.

En fin. Es muy probable que pronto tenga que elegir un lugar donde vivir. Profesionalmente, una de las cosas que a veces tengo que hacer consiste en encontrar las variables que pueden determinar un fenómeno particular. Ahora pensaba en las variables que podrían influir en tamaña decisión.

Y, dejando fuera la ansiedad y cualquier otro sentimiento (afectos, nervios, pánico, incertidumbre), trataba de imaginarme en qué tenía que pensar. Así llegué a preocuparme, en uno de los primeros ítemes, en el transporte. Transantiago todavía está "en vías de", y, si se cumple lo que el notable ministro Cortázar ha planificado con tanta dedicación, no debería estar listo antes de una buena cantidad de años. Así que se necesita cercanía con el metro que, por muy lleno que esté, sigue siendo más creíble. Perfecto, ahí hay una variable.

Necesito un buen entorno. El amigo con quien viví allá la primera vez me hacía ver que San Joaquín no era tan feo, pero que sí tenía que tener más árboles. El peladero, la basura amontonada y los cerros cafés lo hacían ver deprimente. Necesito pasto, algo de vegetación, o por lo menos un arbolito al que poder mirar desde la ventana. Otra variable.

Supermercado cerca, o algún lugar donde comprar cosas. Tercer punto.

Tranquilidad en el lugar donde viva. Un lugar suficientemente pequeño como para que el aseo no consuma días completos, y suficientemente grande como para que puedan caber mis discos, libros y ropa. Cuarto punto, y muy importante.

El dinero es un factor primordial, que debió haber estado en primer puesto. Otro tema es que quiero vivir solo. Para cualquiera que me conozca medianamente, esto debería ser obvio.

Y ahora que miro para atrás veo que no hay mucho de voluntad en todo este proceso selectivo. No me quiero ir. Eso siempre es definitivo. Adoro Concepción, me gusta vivir con mi familia, a pesar de tantas cosas que no quisiera volver a relatar. Me gusta estar cerca de mis amigos. Y ese tipo de cosas.

Santiago es definitivamente feo. Da susto. A ratos parece una ciudad abandonada de la mano de Dios, con gente que transita sin preocuparse de nada más que de su propio tránsito. Con sudor en invierno, con humo irrespirable, con más cemento que césped. Con cosas tan feas como los tacos kilométricos, las micros llenas y el Estadio Municipal de La Cisterna.

Pero la voluntad no es una variable de decisión, así que ahí se corta la lista. No veo en qué más me pueda fijar para tomar la decisión, cuando la tenga que tomar...

Y si es que la tengo que tomar. Porque capaz que no me vaya tampoco. En cuyo caso este post debería autodestruirse al llegar a la última palabra.

Nadie lo sabe. Ni yo. Es en serio. Yo soy el menos interesado en el tema.

martes 4 de marzo de 2008

Fragmentos sonoros del primer día

Eso de que el primer día de clases sea una noticia de primer titular hace pensar. Por un lado, parece que no están pasando demasiadas cosas. O al menos eso podría colegir uno.

Sin embargo, resulta enternecedor mirar a los niños que (con mayor o menor grado de conformidad), entran a clases por primera vez. En la mayoría de los casos tienen que ponerse uniforme por primera vez, peinarse de manera ordenada y olvidar los juegos que inventaban (con mayor o menor grado de maldad) en el hermoso verano que acaban de dejar atrás por un rato.

Mirando para atrás uno se da cuenta que pasó al menos doce años de la vida en ese juego de levantarse temprano y llegar a las ocho en punto para ver a las mismas personas, asistir a clases con mayor o menor nivel de provecho, intentar aprender un poco, pero más que todo, aprender a vivir.

Mis recuerdos del colegio1 son mayoritariamente grises. Algunos más bien oscuros. De frentón. Había niños que, más que compañeros, me parecían competidores. Otros no me podían ver y el sentimiento era mutuo. Unos pocos eran amigos y menos aún, lo siguen siendo.

De esos primeros días de clases recuerdo haber despertado a las seis de la mañana, cuando la obligación era a las siete, de las puras ansias de llegar pronto. El estómago apretado y las gaviotas dando vuelta por Talcahuano cuando el cielo todavía estaba oscuro. Una leche con cereal que normalmente me revolvía el estómago2 y un viaje que me mareaba.

Me acuerdo que en séptimo básico un par de compañeros creció hasta que, de tener estatura promedio, pasé a ser bajo del montón. Conversábamos de nuestras vacaciones, cual más bronceado que el otro. Mientras unos íbamos a Dichato otros no se contentaban con menos de Pucón.

Esperábamos la primera clase y saber quién era nuestro profesor jefe, nos sentábamos en las mesas. Con las niñas no se hablaba mucho en esa época. Esperabamos el recreo de las 9:50 para pelotear un rato en el patio. El socio que vivía cerca de mi casa se rompió las rodillas del pantalón el primer día de clases. Empezaban a aparecer las rodilleras.

Me acuerdo de buscar por todos lados un rostro conocido. Quería volver a encontrarme con los ojos del curso paralelo que siempre veía en los recreos, en las escaleras. Y en la misa en que se inauguraba el año escolar, ahí estaba. Ella siempre conversaba con otros.

En ese tiempo dudaba de si ella sabía existencia, hasta que más de una vez se acercó a mí para hablarme. Me preguntó si tenía sacapuntas y, por un momento, me sentí feliz de haber ido al colegio. Sonreí todo el día.

Al menos dos años miré a esta niña sin que ella supiera, jamás, de mi seguimiento enfermo. Era parte de mi propia inocencia, supongo, tener esta especie de atracción platónica. Un día desvié mi mirada y nunca supe nada más de ella. Creo que desapareció. Cada uno puede hacer lo que quiera con su vida, supongo.

Después, el agua bajo el puente. Sólo el tiempo traería, finalmente, una mujer para mi felicidad.

Mis recuerdos tienden a ser así. Un poco fragmentarios. El profesor que hablaba raro, el que tosía y terminó muriéndose de cáncer. Nuestras risas en clases y el que siempre nos echaba para afuera. Aquel otro pelado infame al que nunca soporté. El guatón que me molestó toda la vida. El revuelo de las entregas de notas. Los grupos de laboratorio de Física, el Cristo Rey y San Luis Gonzaga, los rumores acerca del padre. Los seminaristas. El bibliotecario. El fotocopiador. La abeja. La tícher. Don Segundo y Conchita en la puerta y el padre Mario diciendo "contento, Señor, contento". Las pateaduras de mochila. Los partidos de fútbol con cajas de jugo.

Los primeros días de clases con el sol prendido a rabiar y discursos que nadie quería oír. Y darse cuenta que todos los que tenían nuestra edad estaban en la misma. Y que, si bien algo se aprendió de todo, no queríamos volver atrás. Porque la flecha del tiempo es una sola, y tiene una única dirección. Gracias a Dios, debo agregar para afianzar estos recuerdos en la mente sin que se caigan de maduros.

-oOo-
1 Lo he reiterado en numerosas ocasiones en esta bitácora.
2 Recuerden que estaba apretado.

jueves 28 de febrero de 2008

Huaso provinciano

"Yo quiero vivir en esa aldea de una sola calle
Allí no deambulan los personajes importantes
No quiero ser notario encerrado tras las cortinas
Siempre impaciente por el vacío de la caja fuerte"
- Edilberto Domarchi, "La aldea en la cual siempre he vivido"


A algunos provincianos nos gusta el provincianismo a veces. Porque nos conviene y se disfruta.

Quién sino el huaso provinciano tiene libertad para maravillarse ante las cosas que le son nuevas, y que para el citadino con aires de intelectual parecen ser tan cotidianas como un taco a las siete de la tarde o un mal matinal de televisión.

Leyendo a Verónica, me recuerdo de que, efectivamente, hay un desconocimiento total de la diferencia entre no vivir en la capital de la república y tener que aguantar pueblos de una sola calle, sin pavimentar y con gente deambulando con chupallas en la plaza a pleno sol.

Claro, la vida por estos lados no es así. Hay una dinámica interesante en esta ciudad, que es lo suficientemente grande como para no volverse aburrida y lo suficientemente pequeña como para no volvernos locos. Ésa es una gran ventaja. Otra ventaja más de ser un huaso provinciano.

Es que, de verdad, yo prefiero ser así. En serio. Principalmente por lo de maravillarse ante las cosas. Por alguna razón que se escapa de mi raciocinio, ese tema está circunscrito a nosotros los provincianos. Los habitantes de grandes ciudades tienden a cotidianizar todo. O al menos, aparentar que las cosas les son cotidianas.

El otro día, por ejemplo, cumplí uno de los propósitos de 2008 y viajé por primera vez en avión. La verdad es que iba sumamente feliz arriba de la cabina. Miraba por la pequeña ventanilla y esperaba ver lo que me habían dicho siempre ("la gente se ve como hormiguitas"), pero en realidad no se vio nada porque el cielo estaba completamente nublado y viajábamos como sobre algodones y hielo.

O así me lo imaginaba yo.

Tal vez para el resto de los usuarios del famoso modo de transporte, el tema habrá sido de lo más habitual. Para mí continuó siendo una maravilla, incluso de vuelta. Porque 45 minutos de viaje es lo mismo que demoro en ir de aquí a Chiguayante, y porque en apenas un suspiro se puede subsanar un viaje que antes me dejaba convertido en un ente deambulante con poca existencia.

Porque, cuando se logra distinguir algo en el cielo, resulta ser igual a Google Earth. Incluso a veces me quedaba con la vista fija, esperando a que aumentara la nitidez, igual que en la interfaz de dicho software. En varias ocasiones me dieron ganas de presionar la rueda giratoria del ratón para ver las montañas desde arriba.

Y porque, a pesar de la ausencia de novedad, todo me pareció tan novedoso que, a ratos, encontraba que no tenía por qué ser cierto.

Entonces me di cuenta de que, para muchas personas, todo lo que me pasó no tiene ningún sentido, porque está incorporado dentro de sus rutinas.

Y de que yo los compadezco, porque no saben de lo que se pierden al mirar las cosas desde otro punto de vista.

Y, en suma, de que difícilmente voy a dejar de ser un huaso provinciano. Porque, de otra forma, la vida me resultaría una sucesión monocorde de imágenes conocidas.

En el fondo, porque me conviene.

sábado 16 de febrero de 2008

Conejo blanco


Cómo explicarlo para que no suene cliché, o para que no se crea que es parte de una secuencia barata de alguna película de moda.

En realidad es un cuento bastante simple. La respiración empieza a acelerarse por culpa de un proceso físico que involucra el angostamiento de los tubos que conducen el aire. Es como si la tráquea empezara a ser aplastada por los latidos del corazón, como que éstos se expandieran tanto en su onda reiterativa, que finalmente se convirtieran en algo que acaba con los demás órganos del pecho.

El capítulo siguiente es un poco de sudor en el cuello, que se puede confundir con el calor del ambiente. Porque siempre hace calor y la temperatura en las palmas de las manos también aumenta. Quién me estará mirando. A quién voy a tener que responderle. Y ese tipo de cosas. Un poco de miedo, por qué no admitirlo, por algo que no se conoce. Las calles que pasan rápidas, una tras otra, y una conversación que comienza a hacerse lejana. Alguien habla de estatuas y edificios, de estadios y reuniones. La hora pasa y junto con la respiración entrecortada aparecen las náuseas y las ganas de bajarse del vehículo porque va muy rápido, porque no puedo hablar en estas condiciones, porque apenas puedo respirar, porque me aprieta la camisa a la altura del cuello, porque sí y punto. Las voces suenan amistosas pero lejanas.

Y entonces, una pastilla. "Una píldora te hará grande / La otra te encogerá / Y las que tu madre te dio / No te sirven para nada / Pregúntale a Alicia / Cuando mida diez pies de altura". Una pequeña pastilla debajo de la lengua y algunos fantasmas se mueren. Y la calle es un poco más amistosa, aunque el sueño comienza a invadirme, y puede ser que a veces me desvanezca. Porque uno nunca sabe.

En fin. Bostezos y los ojos empiezan a cerrarse y uno puede ver árboles morados, y un viento suave, y de pronto no está el sol que hiere los ojos ni el calor que rompe los gritos en sudor indeseado. Y hay menos náuseas, y hasta aparece la risa.

Y es como echar afuera a los fantasmas, dejar que peleen contra otros habitantes del mundo natural, dejar que las voces amigas se acerquen y por fin puedan estar cerca de la parte de mí que sí quiere hablar con ellas. Pagarle al taxista y caminar con toda tranquilidad por las calles de Santiago, sintiendo que la adicción está más viva que nunca.

Para dar la pelea, para volverme a convertir en un ser vivo, y para seguir matando las sombras del presente.

lunes 11 de febrero de 2008

Trienio

"Y ahora con ustedes
nuestra Sección Preguntas y Respuestas
-Señor Cristo de Elqui
qué piensa Ud.
de los trajes de baño de una pieza?
-No tengo nada contra la juventud
a condición de que no exageren la nota."
[...]
- Nicanor Parra, "Nuevos Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui, XLVI"
Ayer, este humilde espacio de aquel engendro comunicacional que se ha dado en llamar blogósfera ha cumplido tres años de funcionamiento.

Creo tener, de los blogs que leo, uno de los más antiguos. El ejercicio narcisista del día me llevó a reencontrarme con las estadíst