No hay para qué negarlo: a varios de los que nacimos hace más o menos tres décadas, Internet nos ha ayudado bastante a modificar nuestros patrones de comunicación. Y, en general, nos ha cambiado la vida.
Varios de nosotros quizás no habríamos llegado a conocer a más de 40 ó 50 personas si no hubiese sido por la invasión de plataformas tecnológicas que, desde finales de la década de los '90, empezaron a invadir las vidas de todos. Fue en esa época. Recién cuando estaba saliendo del colegio me enteré de la existencia de un asunto llamado Internet, que permitía comunicarse con mucha gente, y leer un cúmulo de información, que por fin era accesible de manera sencilla. En ese primer momento, en la casa de un viejo amigo, me preocupaba de que los correos electrónicos fueran cobrados por palabra, igual que los viejos telegramas.
Sí, me da algo de vergüenza admitirlo.
Como nunca fui muy fan del teléfono, llegué a enterarme de muchos más aspectos de la vida de mis amigos y conocidos a través del Messenger de Microsoft, que no uso hace algo menos de dos años. Algunas relaciones surgieron a través de esa vía, demostrando que puede parecer bastante más importante y fuerte de lo que en verdad es. Y que el tipo de relaciones que genera, difiere un poco de las que uno puede construir a partir de la realidad más pura y dura.
Empecé a explorar las enciclopedias en línea, a enterarme de las biografías de personajes importantes y menos importantes, y a entender que la verdad estaba allí afuera. Que todo lo que quisiera saber, lo podía saber. Y eso, para gente curiosa, es una maravilla. Constituye el hecho mismo de que, en días de trabajo un poco más reducido, me vuelva esclavo de la procrastinación, y me esté enterando en Wikipedia sobre aspectos relevantes del papado de Gregorio XVI, los paquetes de visualización de información en FlowingData, o incluso la ruta que seguirá la Pequeña Gigante con su tío Escafandra.
Facebook como herramienta de redes sociales en línea, tiene sus aspectos sorprendentes para nosotros los curiosos-copuchentos, y hace que estemos enterados de dónde están nuestras 40 ó 50 personas favoritas en el mundo, y unos 100 más que no son tan relevantes. Y cuando inventa juegos tan adictivos como Word Challenge, bueno... Es fácil caer en la visita extendida.
Twitter ha llegado demasiado lejos en el establecimiento de esquemas extraños de comunicación, y nunca lo he ocupado. Su descripción en inglés simple ha sido suficiente como para frenarme cuando he tenido el impulso de hacerme una cuenta.
En fin, la red es adictiva. Creo que es una de las adicciones más poderosas que uno pueda enfrentar en estos días. En mi caso, casi más fuerte que la Coca-Cola. Y a veces sin ningún motivo aparente, sin ninguna noticia relevante que revisar. En todo caso, -mal de muchos-, siempre veo que no soy el único, y que la banda ancha móvil permite que la gente se conecte y chatee desde el tren en movimiento, o desde el aeropuerto. O que incluso revisen sus planillas Excel arriba de los aviones.
Allá ellos.
Considerando lo presente que está esto en mi vida, y lo mucho que necesito un descanso, por corto que éste sea, es que simplemente me voy a desconectar por un tiempo. Dejaré que mis "no leídos" en Google Read, se acumulen y totalicen más de 500 cuando vuelva; que los mensajes de Amazon se acumulen en mi Bandeja de Entrada, que mis notificaciones en Facebook construyan un recuadro rojo con un número grande adentro, y que me sigan avisando impunemente que tal contacto me agregó a su calendario de amigos, o que cree que yo soy uno de sus top fans.
Creo que el pasar 9,0 horas diarias al frente del computador ya debería ser suficiente como para convencernos a todos de que no pueden existir vacaciones reales (de verdad) con el computador prendido. Y que al equipo mismo, al menos en términos de sus circuitos eléctricos, también le hace falta un respiro.
domingo 31 de enero de 2010
No hay vacaciones con el computador prendido
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Cristian
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Etiquetas: computador, internet, vacaciones
lunes 18 de enero de 2010
Y usted, ¿por quién va a votar? #3
Ayer fue un día particularmente malo.
Viajaba en tren de vuelta a Santiago después de visitar a mi familia y un corto paseo a mi lugar de votación. El tren, por si ustedes no lo saben desde antes, no funciona hasta Concepción. EFE contrata un bus que sale desde la Estación de Concepción y se traslada hasta la Estación de Chillán en una hora y cuarto, o algo similar. Así que ésa es la parte más tranquila del viaje.
Afortunadamente a bordo del tren pude irme con Melissa. Desafortunadamente ella tenía uno de esos dolores monstruosos de cabeza que la afectan, y que hacen que encuentre todo terrible, que se maree y que bailen los puntitos alrededor de los ojos. No sirvió de mucho el sandwich de pan negro con jamón, queso y palta que nos comimos al inicio del viaje, poco antes de llegar a San Carlos. El dolor todavía estaba allí.
Avanzamos de manera tranquila más o menos hasta Talca. Después empezaron unas detenciones algo extrañas. El problema, -para mí-, no eran tanto las detenciones, sino un tipo, seis asientos más adelante, en el sector opuesto, que insistía en compartir su música con el resto del coche. Se trataba de una mezcla obtusa e insípida de Camilo Sesto, Soda Stéreo y Daddy Yankee. Que nadie más que él (intuyo) quería escuchar. Nadie alegó porque el susodicho se hacía acompañar por su familia completa, que ocupaba siete asientos del coche. Me imagino que al resto no le importó demasiado, aunque a mí me tenía absolutamente podrido.
Mi ánimo decayó un poco más cuando el tren se detuvo por un buen rato en Curicó, porque, según nos contaron, no había energía eléctrica en las vías. Una locomotora nos iba a remolcar hasta Chimbarongo, y luego otra hasta San Fernando, pero todos esos procesos iban a demorar. Un té con muy queridos amigos que viajaban en el carro contiguo, sirvió para distender un poco los ánimos. Después todo fue volver a los asientos para viajar, comer las insípidas tortas de Curicó (no eran Montero), escuchar selecciones adicionales de Don Omar, Wisin y Yandel y (oh sorpresa) Camilo Sesto, oír llorar y gritar de angustia y aburrimiento a la guagua que se sentaba con su mamá cercana a la puerta del coche, las conversaciones de los viejos retrógrados de los asientos del lado, y por supuesto, la garantía de los pasajes, que se hizo efectiva. Hojeé el libro que estoy leyendo pero no logré avanzar demasiado. Puse Corazones de Los Prisioneros en mi iPod, la Melissa dormía hacía rato, sin baterías en su reproductor MP4.
El tren se volvió a detener en Chimbarongo, primero esperando el nuevo remolque, luego anunciando que todo había vuelto a la normalidad y que podíamos seguir sin la locomotora petrolera. "Todo normal", dijeron y el tren no se movió en veinte minutos, y cuando se movió, lo hizo para el lado opuesto (!). Me quería morir. Literalmente sólo faltaba que llegara un terrorista a ametrallarnos. Las guaguas seguían llorando y, agregado a Rakim & Ken-W en el celular-parlante, se sumó un molesto juego electrónico que emitía horrendos alaridos cuando se conseguían los puntos requeridos.
Me enojé.
No me pude tomar la situación con humor -allí fallé-. Sólo se me iluminó un poco la cara al llegar a Santiago, dos horas y media después de lo presupuestado, y ver que estaba todo un poco más tranquilo de lo que había imaginado.
Pero obviamente lo peor estaba por venir. Sólo después de llegar a mi casa, cerca de la una de la mañana, me pude dar cuenta cabal de que habíamos perdido la batalla electoral, de que la mayoría de mis compatriotas había optado por la opción que a mí me parecía más retrógrada y peligrosa. Y no pude evitar sentirme un poco peor al pensar que el país comenzaba a retroceder un poco con esta elección. Sin embargo, acepté los resultados con estoicismo, agradecí la actitud generosa de mi candidato y nuestra Presidenta, que reconocieron el resultado apenas éste se produjo, sin dilatar la dolorosa derrota, y me puse hoy, muerto de sueño en el trabajo, la meta de formar parte de una buena oposición. Informada, articulada y fiscalizadora, y sobretodo, que sea capaz de generar propuestas a futuro. A largo plazo, que es lo que le falta al gobierno que Chile ha elegido.
En fin: fallo al recordar un día con menos suerte que éste. Me salió todo mal. Hasta quedé con cola. Estoy seguro que, si jugaba Deportes Concepción, perdía.
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Cristian
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Etiquetas: elecciones, piñera, tren, y usted por quién va a votar
martes 12 de enero de 2010
Y usted, ¿por quién va a votar? #2
Estamos en un país altamente exitoso. Los índices económicos y de desarrollo humano han logrado aumentos sostenidos en los últimos años, para no hablar de las grandes transformaciones presenciadas en términos de infraestructura y protección social. Ningún economista informado parece discutir que hay posibilidades ciertas de que estemos por entrar (al menos en términos de definiciones) al desarrollo en los próximos 10 ó 15 años.
Éste era el primer impulso que se necesitaba. Levantar al país después de diecisiete años un régimen antidemocrático, represivo, asesino y cruel. Comenzar, lentamente, la tarea de la reconciliación y de la reconstrucción. Hubo que volver a construir hospitales, después que la dictadura no hiciera ninguno. Fue necesario volver a preocuparse de la educación: los colegios volvieron a ser prioridad en términos de edificios públicos, y ahora se ha visto una modernización innegable en su infraestructura. De hecho, si hoy se puede comenzar la discusión de mejoramiento de la calidad de la educación, es porque existen los medios para cimentarla.
Sin dudas, había que fomentar el crecimiento económico, una de las formas más concretas y efectivas de generar empleos y permitir que los índices de pobreza se redujeran como lo han hecho en los últimos años.
Y sin embargo todo esto era sólo el principio. También importan las personas. Las leyes de filiación y matrimonio civil, entre muchas otras, han permitido tender hacia la equidad entre los diversos componentes de la sociedad. La justicia necesitaba una modernización, para pasar de los mismos tribunales que venían funcionando con la estructura que les entregó la Constitución Liberal de 1828, y agilizar los trámites. La salud ha aumentado su cobertura, y por ende, ha aumentado su demanda. Claro que hay colas y cuesta acceder, pero ¿han intentado contarle a un norteamericano, queridos radioescuchas, que aquí en Chile hay enfermedades cuya atención y cura están garantizadas por el Estado? ¿Sin preguntar nada? Les aseguro que no podrían creerlo.
Se ha visto cómo, a pesar de tropezones como el Transantiago o las casas Copeva, el transporte y la vivienda han logrado desarrollos innegables, y hoy la gente vive mucho mejor que hace 20 años.
(Por lo demás, por la naturaleza de mi trabajo, sé con datos reales, que Transantiago tiende, día a día, a ser un sistema de primer nivel, y que nuestro Metro nos debiera hacer sentir orgullosos por su modernidad y visión estratégica).
Somos un país abierto al mundo, que ha superado la vergüenza de haber sido gobernados por una dictadura sanguinaria, y ha llegado a ser admirado por sus políticas económicas, de manejo de crisis y de empleabilidad. No se han resuelto las crisis quitándole pensión a los jubilados (cf. 1982), como tampoco se han originado las crisis en escandalosas triangulaciones entre bancos sin regulación (íbid.). Ahora hay regulación. Ojalá existiera en una medida mucho mayor, porque está claro que el libre mercado no soluciona los problemas, y que todos necesitamos una cota superior para nuestra ambición: sólo de esta forma podremos surgir todos, y tender a una igualdad que nos debiera apremiar, siguiendo el llamado de la Iglesia y nuestros Obispos para que los que tenemos más posibilidades, ayudemos (y no sólo demos limosna) a que todos logren tener una vida más digna.
Hay muchas cosas que están mal en Chile. Es cierto que han ocurrido hechos deleznables en ciertos servicios públicos, y que algunos funcionarios han llegado a sus puestos por pitutos. La gran diferencia es que ahora todo esto se sabe. Organismos como la Contraloría General de la República, el Servicio Nacional del Consumidor o el Consejo de Defensa del Estado, salen a denunciar estos hechos y salen a la luz pública. Los Tribunales de Justicia, de manera soberana e independiente, determinan las responsabilidades políticas y administrativas, y los culpables salen sancionados, si corresponde. Hay delincuencia (aunque claramente exaltada por los medios), que debiera reducirse no con más cárceles sino con mejores oportunidades para aquellos que apenas pueden optar.
Las instituciones funcionan, como decía un ilustre ex presidente. Es un hecho que pueden funcionar mejor.
Es cierto que hace falta un cambio. Una vuelta de tuerca, caras nuevas. Se necesita un nuevo impulso para empezar a construir un Chile basado en las personas más que en los indicadores económicos.
Pero no por cambiar vamos a cambiar a algo que definitivamente es peor. Yo vivo en un país del cual me siento orgulloso, y parte de su desarrollo. He visto cómo mi familia, de clase media, ha logrado con sacrificio y esfuerzo, ir mejorando su situación. He visto cómo me han permitido recibir las poderosas herramientas de la educación y que ahora yo pueda aportar desde mi disciplina, al bienestar del país.
Quisiera vivir en este mismo país, mejor desarrollado y con buenas oportunidades para todos sus hijos. Sólo la Concertación me da garantías de poder seguir soñando con aquello. Mi decisión no sólo tiene que ver con que no me guste la Derecha ni su candidato (que bastante me desagradan).
Se trata de mis convicciones.
No por un discursillo repetido en formato Twitter ("llevan 20 años", "es una Concertación desgastada", "candado a la puerta giratoria", "que terminen los negociados", "puentes que unan y no muros que dividan" y ahora último "que no anulen su esperanza" y "que no dejen sus sueños en blanco"), inteligentemente colocado en las conciencias a través de todos los medios posibles, voy a cambiar mis principios. No me han comprado las parafernalias comunicacionales, y tampoco voto cegado por una necesidad imperativa de que no gobierne la derecha.
Lo mío no va por ese lado.
Yo creo en los buenos equipos que tiene la Concertación, y creo que los malos pueden irse renovando para sacar a quienes no trabajen bien. Es parte del juego. Es parte del país que yo quiero vivir. Como dice la Presidenta Bachelet, a quien he admirado desde su brillante campaña presidencial en 2005, "no da lo mismo quién gobierne". Yo creo en la Concertación renovada mirando hacia el futuro y conduciéndonos hacia un mejor país. Yo creo en un país donde manden las personas, y no las empresas. Creo mucho más en la generación de oportunidades para ser mejores que en un millón de empleos precarios y sin protección. En definitiva, creo que es más importante tender al bienestar que al desarrollo por sí mismo.
Por eso el 17 de enero de 2010, yo votaré, de manera consciente y consecuente, como me lo indica mi sentido común. Como me lo dictan mis principios. Votaré por el mejor candidato, por el más trabajador y el más honesto. Votaré por Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
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Cristian
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Etiquetas: elecciones, frei, y usted por quién va a votar
miércoles 6 de enero de 2010
Y usted, ¿por quién va a votar? #1
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Cristian
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Etiquetas: cosas sacadas de facebook, elecciones, fotos, piñera, y usted por quién va a votar
miércoles 30 de diciembre de 2009
Dosmildiez
Tomemos en cuenta que, en realidad, no sabemos el porqué de las cosas. Nos imaginamos que hay alguna razón superior que explica lo que pasa (día tras día, mes tras mes u hora tras hora), pero en realidad no lo sabemos. Nadie tiene certeza. Podría perfectamente ser todo esto una parte infinitesimalmente pequeña de un juego de azar. O bien parte de un plan maestro y supremo. Claramente uno que tiene ciertas creencias religiosas tiende a pensar en esto último, pero el escepticismo que tanto nos identifica a algunos, hace que la duda sea al menos necesaria.
Entonces muchas veces andamos por el mundo como pajaritos. Vamos al trabajo o al estudio en la mañana, caminamos por la calle repleta de personajes, el metro o el bus están llenos, la propaganda política aflora en las calles, la selección ganó la noche anterior, la vereda está llena de papel picado y mojada de cerveza y pisco, las murallas están rayadas, el camino a la oficina sigue siendo largo, la oficina está calurosa, el aire está enrarecido, los jefes están molestos, los especuladores siguen trabajando en el mismo lugar, el almuerzo es reducido, la tarde es extensa, hay dos entregas para mañana, no has pagado las cuotas, se te acaba el perfume, hay que arreglar la llave del lavamanos, las plantas ya no tienen flores, después de todo es lo mismo, pagaron la gratificación.
Y así pasan y pasan los días. No hay mucho tiempo de hacer un balance, porque no hay balances que hacer. No hay mucho sentido, porque se expresa una continuidad. No es el inicio de nada.
Algunos hablan de que lo de mañana es simplemente el inicio de la mitad del año 2009-2010. Un año largo. Y si se trata de ese año, será un año en que voy a estar iniciando cosas nuevas sin terminar con las antiguas. Un año muy largo en que, por fin, he definido mis afectos con claridad, y sé qué y quiénes me ayudan a seguir viviendo, haciendo que la vida sea más grata y placentera, y que los dolores y los fracasos parezcan un poco menos frecuentes y más felices. Más oportunidades que crisis, como dice la palabra china.
Un año muy largo en que he leído mucho, en que me he recreado con el régimen maravilloso de olvidarse de todo cuando uno llega a la casa. En que he trabajado algunos fines de semana, y he visto muchos partidos de fútbol. Un año en que no he hecho ejercicio, en que estuve con sospechas de enfermedades graves, sometiéndome a exámenes extraños y tomando remedios muy caros. Un año en que he podido recibir amigos en mi departamento. Arrendado, pero mío. Sólo mío.
Han sido tantos cambios que detallarlos sería un despropósito. Tal vez sólo baste con estas manchas de pintura sobre el papel para ilustrar todo lo que ha pasado, no ha pasado y está por pasar. El año nuevo, ustedes lo sabrán, nunca ha sido una de mis fechas favoritas. Ese pasarlo bien obligatoriamente es un poco agotador, sobretodo si existe una presión sobrehumana para aquello, y más aún pensando que, después de todo, es posible pasarlo bien en cualquier día del año. Ese hacer propósitos que no se van a cumplir, tampoco me parece muy estimulante.
Pero al menos es un día muy apropiado para abrazar a los que más queremos. Y eso, más allá de las lentejas, las uvas y los calzones amarillos, es maravilloso. Aunque no sea realmente el inicio de nada. Felicidades.
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Cristian
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lunes 21 de diciembre de 2009
Navidad
Navidad, Navidad, a esconder la realidadEste año lo logré. Me auto-ordené no tener que ir a ningún Mall después del 15 de diciembre. Y lo cumplí. Me limité al conjunto de regalos para los imprescindibles (familia, polola, amiguitos pequeños), y hasta ahí llegamos. Me limité a no hacer regalos a personas que, para nombrar, hubiera tenido que utilizar la preposición "de" (por ejemplo, el pololo "de" mi hermana, el conserje "de" mi edificio, el amigo "de" mi amigo), no porque no les tenga cariño1, sino porque no siempre es necesario realizar ese tipo de manifestaciones. Probablemente, si las hubiera concretado, habrían terminado en un regalo comprado de mala gana y de utilidad tendiente a cero para el regalado2.
Guárdala en algún bolsillo por piedad
Que hoy la vida tiene un brillo de bondad
"Navidad" - Eduardo Peralta
Me ha parecido más que nunca este año, a raíz de observar con un poco más de cuidado lo que sucede alrededor, que la Navidad ya no es lo que era. No sólo en el mundo, sino que para mí. Para todos los que ya crecimos un poco, me atrevería a afirmar.
Los especiales de televisión legendarios (Charlie Brown, Garfield, Los Pitufos... incluso Pinky & Cerebro) mostraban una visión hermosa e ideal de la Navidad como una época en que toda la gente modificaba su comportamiento hasta hacerlo coincidente con el espíritu del tiempo que estaba ocurriendo. La nieve era blanca, las almas eran transparentes. Incluso para los peores del mundo, como Ebenezer Srooge en ese cuento repetidísimo que hasta Los Picapiedras parodiaron. Los malos eran un poco más buenos, al menos por ese día. Se olvidaban las discusiones alrededor de un pavo brillante en la mesa. O, como lo dijo elegantemente Bart Simpson:
Si la televisión me ha enseñado algo es que siempre hay milagros para los niños en Navidad: le pasó al pequeño Tim, le pasó a Charlie Brown, les pasó a los Pitufos... ¡y nos pasará a nosotros!Una fe impresionante.
Claro que a Los Simpsons el milagro no les llegaba 3, y sólo terminaban como dueños del perro que había perdido la carrera y había significado que Homero perdiera su escaso sueldo en las carreras de galgos.
La Navidad conmemora un acontecimiento maravilloso, milagroso casi. Como misterio es perfecto. La atmósfera de noche de paz, ese sentimiento único de que, esta vez, por un momento, todos van a estar tranquilos en conmemoración de algo que nos supera. Y los regalos, por cierto. Que pocas veces eran lo que uno realmente quería, pero que se agradecían igual. Aunque se sospechara que el Viejito Pascuero no fuera más que un invento de la Coca-Cola.
Ahora la Navidad me parece una época oportuna para refugiarme en las cosas bonitas y el afecto de los que amo. Por eso lo de los regalos limitados. Es una oportunidad para aferrarse a las cosas bonitas de la vida, que le dan sentido. Porque ya no se puede caer en la ingenuidad de creer que el mundo mejora para estas fechas. De hecho, hemos visto en estos días muchas demostraciones de la mediocridad de las personas, de lo perversos que podemos llegar a ser, de lo consumistas e idiotas que nos ponemos cuando llegan las fechas cercanas. De lo irreflexivos. De lo poco que vale la pena tomarse las cosas en serio cuando todo se cae a pedazos. Y de que varios de nosotros tenemos que trabajar el 25 ó el 26 para que otros se tomen de vacaciones a partir del 3 de enero.
En fin: antes pensaba que la Navidad era una pausa hermosa durante la cual el mundo se arreglaba, lo único que importaba eran los regalos y que la gente fuera feliz. Hoy sólo me contento con pensar que es una pausa hermosa.
Feliz Navidad a mis queridos radioescuchas.
-oOo-
1 De hecho, tengo una excelente relación con mi cuñado, los conserjes de mi edificio me saludan de manera bastante caballerosa y bueno, los amigos de mis amigos tienden a llevarse bien conmigo.
2 ¿El peor regalo que he recibido? Botellas de alcohol, en dos ocasiones de "amigo secreto". No tomo más que una copa de pisco sour al mes, o algo así.
3 Primer síntoma del arribo del siglo XXI con su realismo implacable por sobre la fantasía.
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Cristian
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Etiquetas: navidad
lunes 7 de diciembre de 2009
Antimensaje
Disculpe su Majestad, debo interrumpirlo: eso que usted comenta no es poesía.
Nosotros trabajamos bastante, a veces más de la cuenta. Nos vivimos pegando costalazos, uno tras otro. Pero trabajamos harto. Más allá de los horarios y las convenciones administrativas. Hasta se podría decir que trabajamos contentos.
Pero que no se venga a comparar esas cosas con la poesía, ¿me escuchó? Es por su propio bien. Hay que ver que la poesía es un asunto muy serio. O todo lo contrario: algo muy poco serio.
En todo caso, no es nada parecido a lo que se dice que es. No es llegar y rimar. Ni siquiera es llegar y hacer las cosas con sentimiento.
Yo no sé realmente qué sea, sólo sé que es muy importante para mí, su Majestad. Y desde este pequeño rincón en donde construyo mis cálculos día tras día, debo pedirle respetuosamente que no se vuelva a dar discursos en su nombre. Dejémosla tranquila. No ve que es cada vez más escasa, parece que se está muriendo.
Yo ni siquiera sabría cómo definirla. Aunque creo que me ayudó: lo único que sé a ciencia cierta sobre poesía, es que no es eso que usted dijo.
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Cristian
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00:33
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jueves 3 de diciembre de 2009
Santiago
Un año y medio viviendo acá, Santiago, y todavía no me logro reconciliar contigo.
Eres viejo y eso me agrada. A diferencia de Concepción, uno sabe que la Plaza de Armas ha estado siempre allí, que probablemente el antiguo lugar donde se reunió el Cabildo el 18 de septiembre de 1810, haya estado donde hoy está el Correo — o algo así indica la historia. Y que el viejito Toro y Zambrano efectivamente vivía en la Casa Colorada. Todo está acá donde mismo. Vicuña Mackenna era antes el Camino de la Cintura, Providencia se llama así por las monjitas que instalaron su convento cerca de la actual Manuel Montt, y Las Condes eran unas "niñitas" que vivían en una casa de putas quinta de recreo, regentada por una señora de apellido Conde.
Tienes también vida actual. Se suceden las cosas interesantes, por cada concierto ganado —desde La Sonora Palacios hasta Bob Dylan—, hay un par perdidos —entre Calamaro y Milanés—. Estás lleno de museos, estadios, edificios, cafés con paredes de color, rincones de trovadores con guitarras perdidas, iglesias con gárgolas, estaciones fantasmas del Metro, calles con adoquines, rotondas inútiles, barrios sin luz. Todo para verte e irte descubriendo.
Creo que tu problema, Santiago querido, es que a pesar de tener todas estas instancias fascinantes para vivir, sigues teniendo a tu misma gente.
Y no es sólo el número que aterra. Ese número que hace que el metro vaya repleto en los horarios punta. Que no se pueda respirar en los carros y que la temperatura aumente tres grados sólo por subirse. Que en las micros corran las gotas de sudor por los rostros y por los cuerpos. Que en los centros comerciales todos andemos empujándonos unos a los otros. Que, en fin, ir a buscar una encomienda se transforme en la peor de las pesadillas porque hay que colisionar con tanto individuo.
Pero, como decía, no es sólo el número. Santiago está lleno de personas que no se adaptan a lo que tienen. Está lleno de personas que miran por debajo del hombro a los que no viven en Las Condes o Providencia. Está lleno de individuos que se creen mejores que los demás, que creen que Santiago termina en Plaza Italia y que después existe un gran manchón (o una tremenda plasta) en la que después hay un aeropuerto y después tiene a Viña del Mar. Está lleno de autorreferencias, de yo me las sé todas, yo me gano los proyectos solo, qué vienes a decirme lo que yo sé a ciencia cierta, tú no eres nadie más que un cabro, cómo que nunca te has subido en avión, y por qué no te vienes a vivir a Vitacura mejor, y cómo es posible que no conozcas más al norte que La Serena, y conozco un lugar mucho mejor que ése y está en el Alto Las Condes, y no puedo creer que mi viejo no me haya dado toda la mesada.
Santiago está lleno de gente que cree que la otra mitad de la ciudad no existe. Y de otro grupo de gente que, recién llegada de provincias, cree que sólo existe lo que ve. Que no hay nada que arreglar, mientras haya sushi para el cóctel de la noche y el Jumbo tenga de estas aceitunas rellenas con pimiento. Que las únicas fiestas que valen la pena son las electrónicas a las que hay que ir vestido de blanco. Que el mejor panorama de día domingo es ir a vitrinear al Parque Arauco. Que incluirlos a todos en las celebraciones es un idealismo de lo más inútil. Y que vivir en Puente Alto es un insulto al buen gusto.
Y me cuesta convivir con esos complejos míos. Porque estoy seguro que es una falla mía. No pueden estar todos equivocados, y yo estar en lo cierto. Eso nunca pasa.
Pero nunca.
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Cristian
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martes 24 de noviembre de 2009
Abstención
Voy a tomar la opción del irresponsable en esta versión de las Elecciones Presidenciales, las segundas de mi vida como ciudadano con derecho a voto. Simplemente no acudiré a votar. Al menos en primera vuelta.
Esto es lo que se conoce, mis queridos radioescuchas, como abstención.
Hay una razón práctica de por medio: el fin de semana anterior es largo y el tren al sur me llevará a Concepción por cuatro días que, espero, me permitan obtener el descanso merecido en la época más difícil del año. Como estoy inscrito para votar en Talcahuano, y tengo el dudoso privilegio de trabajar en la capital de la República, tendría que viajar dos veces al sur en el breve espacio de cuatro días. Lo que, a todas luces, parece mucho.
Pero haría el sacrificio si hubiera alguna razón por la cual votar.
Tengo clarísimo que jamás en mi vida votaría por algún candidato de la Derecha. Esto, descontando el efecto de la antipatía personal y casi psicofísica que me produce Sebastián Piñera, y mucho más allá de la simpatía que me despierta un puñado de personajes de ese sector. Allí está representado mucho del autoritarismo y del mercantilismo que siempre me han espantado un poco. La eficiencia y el orden como objetivos más que como medios para conseguir otros propósitos más nobles, tienden a asustarme desde el punto de vista de los planteamientos básicos. En lo más práctico, hay ciertas definiciones con las que no puedo estar de acuerdo. Es un modo de hacer las cosas que va contra lo que yo pienso.
Uno descartado.
Arrate me cae bien. Es un viejo simpático, que sabe bastante. Tiene ideas interesantes: la defensa de los consumidores, la extensión de la protección social, la profundización de los procesos sindicales. Otras de sus ideas, eso sí, son decimonónicas. En la época de Henry Ford o James Watt, habrían hecho furor. No se puede llegar (creo) al extremo de estatizar todo, ni menos pretender que modelos tipo "Gran Hermano" sean la solución absoluta a todos los problemas derivados de la casi siempre perversa economía de libre mercado. Además, no tiene ninguna posibilidad de ganar.
Otro descartado.
De Marco Enríquez-Ominami ni siquiera tengo claro qué piensa. Sólo sé que alardea de ser joven y significar un cambio. Sin embargo quiere continuar con el legado de la Presidenta Bachelet (por quien sí voté gustoso). ¿Es pro-aborto o pro-vida? Si es pro-aborto, no tengo más que decir: no puedo votar por él. Por una cosa de conciencia. Y si es pro-vida, ¿por qué ese proyecto pro-aborto? ¿Mar para Bolivia? ¿Codelco privatizado? ¿Matrimonio homosexual? ¿IVA al libro? ¿Reforma tributaria? ¿Sí o no? ¿Qué piensa? Y si concreta alguna idea, ¿quién lo irá a apoyar? Mucha incertidumbre. No quiero arriesgar tanto. No hay mucho que ganar por este lado. Por lo menos Piñera tiene sus perversas ideas claras.
Un tercero, para afuera.
Frei me hace querer preguntarle a los genios de la Concertación.: "¿de verdad? ¿Frei?" Se me ocurre que debe haber existido una mejor opción. No tengo nada contra Frei: es un ingeniero de pocas palabras - y tal vez por ese lado me pueda identificar. Parece ser una buena persona. Sin embargo, su propuesta se reduce a "profundizar lo que hace 'la Bachelé'" en muchos temas. No tiene objetivos claros en profundizar el desarrollo, disminuir la pobreza, o incluso aumentar la transparencia del sistema público. Y además tiene a su lado al grupúsculo de dirigentes de la Concertación que sigue monopolizando los cargos en un complejo entramado de poder que se ve difícil de romper. ¡Hay tantos flancos que atacar en las propuestas de Piñera! La mayoría son simplistas, vagas. Ilusas e ineficaces otras. Y se han centrado en un desfile de ataques a su calidad de empresario, o a dictámenes de Tribunales inexistentes. No recuerdo una campaña tan plagada de errores desde un principio, como ésta que vivimos ahora.
Cuento corto: prefiero abstenerme. Todas las encuestas parecen indicar que habrá segunda vuelta, y para esa instancia, tomaré mi maleta con un asa rota, y viajaré a Concepción a estampar mi voto. Probablemente para que no nos suceda la desgracia de ser gobernados por la Derecha. Para no hacerme co-responsable de un futuro que me parece un poco gris, especialmente comandados por el antipático caballero que, muy probablemente, ganará las elecciones.
Sin embargo, me alejo de la alegría que vivía a fines de 2005, cuando quería votar por una mujer en mi primera elección, y cuando tenía esperanzas en un programa (que sí existía), y en un conjunto de medidas con énfasis social, que se ha concretado, y que ha echado raíces para cimentar adecuadamente cualquier gobierno que venga ahora. Ahora no tengo entusiasmo. No quiero votar sin entusiasmo. No vale esta sensación un viaje adicional a Concepción, con todo el agotamiento que ello implica. Tal vez tenga que esperar cuatro años más para volver a repetir esa sensación, ojalá con una propuesta más fresca y mejor elaborada.
Por ahora, sólo miraré los cómputos por la página del Servel y me deleitaré con un almuerzo vegetariano en día domingo, mirando cómo Mónica Rincón se pasea por el Estadio Nacional buscando personas que no quieren ser vocales de mesa, e Iván Valenzuela transmite Teletarde desde el Ex Diego Portales. O lo que sea que defina una postal clásica de días como éstos.
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Cristian
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Etiquetas: abstención, elecciones, política
miércoles 18 de noviembre de 2009
Brevenota VIII
[Pueden verse las anteriores en el archivo]
El viernes pasado fui a buscar al correo la caja con los discos remasterizados de The Beatles, en versión mono. La edición limitada. Para coleccionistas.
Apenas he escuchado los dos discos que tenía más ansias de escuchar con sonido renovado (el álbum blanco y Beatles for Sale), y no logré cerrar la boca en ninguno de los dos casos. El sonido me envolvió a pesar de la debilidad de mi equipo. Logré distinguir guitarras acústicas que antes no escuchaba, y las pistas vocales se oían perfectas en el living de mi departamento.
Así que pensé en el tiempo, porque los Beatles son una de ésas constantes en mi vida. A los 16 años, John Lennon ya tenía su banda. A los 22, Paul McCartney había co-escrito cuatro singles número uno. George Harrison escribió "Something" a los 25. El más viejo de los Beatles (Ringo) tenía 29 años cuando la banda se disolvió.
Y aquí estoy yo con mis talentos, preparando propuestas e informes. Como dijo el tipo de las historietas: oh, I've wasted my life.
Bueno, al menos el dinero, esta vez, lo gasté bien.
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martes 10 de noviembre de 2009
Garrafal
De acuerdo a Héctor Velis-Meza, en un libro (Dichos o Refranes con Historia), que recibí como regalo de cumpleaños por parte de mi hermanita, la expresión "error garrafal" se origina del vocablo garrofal, que hace referencia a un "sitio poblado de algarrobos", vale decir, de árboles de entre ocho y diez metros de altura. O sea es un error de proporciones. Por lo menos de ocho o diez metros de altura, y tengo la impresión de que a veces pueden ser bastante más grandes.
La expresión ha vuelto a la palestra después del desafortunado (¿o mal intencionado?) incidente que le ocurrió al DT de Rangers, Óscar del Solar (ex PF y DT de Deportes Concepción), quien, pasando por alto una de las bases del Campeonato Nacional de Fútbol de Primera División, alineó a seis extranjeros en cancha durante el partido que los talquinos perdieron con en Calama por 1-0. Ya con esta derrota, Rangers estaba en problemas de liguilla de promoción. Este error administrativo (garrafal, sin lugar a dudas), les cuesta tres puntos más, los pone en zona de descenso directo, y salva de esta instancia a sus archirrivales de CobreloaCuricó Unido.
Un error fatal.
En Talca, los hinchas -apasionados como todos los que sabemos lo que significa el amor a una camiseta-, no pueden creer que esto haya pasado por un simple error. Un "DT que no sabe sumar" tituló La Cuarta, y el Presidente de Rangers se preguntó como nadie, entre los diez acompañantes que tenía Del Solar en la banca, se dio cuenta que, al realizar el cambio luego del entretiempo, comenzaba a infringir la regla y a hipotecar la permanencia del equipo en Primera División, con todo lo que eso significa: menos ingresos, menos exposición, menos inversión y la posibilidad de que la venta del club se realice a un menor precio.
Había suspicacias.
Yo estoy con Del Solar en esta pasada. Más allá de que sea un hombre identificado con Deportes Concepción, y más allá de que su última gestión al mando de mi equipo haya sido desastrosa. (Y más allá de que alguno aduzca que tenía contrato firmado con el Conce, asunto que, hasta donde yo sé, es completamente falso).
La razón es una solidaridad bien humanitaria: ¿Quién no ha cometido un error garrafal en su vida? Ya le había pasado, en el ámbito del fútbol, a Marcoleta en Curicó Unido (dos días antes se había leído el fallo, lo que hace que las sospechas aumenten), y a Valdano en el Real Madrid. Es cierto: es casi tan idiota como poner 12 jugadores en cancha, tal como lo dijo Arcos en el noticiero matinal de Chilevisión. Pero puede pasar.
A mí todavía me cobran el error garrafal que he cometido en el trabajo: en 2008 me equivoqué en una de las partidas del presupuesto de un proyecto, y hubo que hacer unas reasignaciones (por ejemplo, evitando transportes en taxi), para que los dineros permitieran mantener la utilidad. Fue un error garrafal, sin muchas consecuencias, pero que siempre me cobran. A modo de talla o de recordatorio, pero siempre aparece por ahí.
Me contaron que una vez acá se cometió un error de ese estilo, pero harto peor: alguien olvidó agregar el IVA a un proyecto al dimensionar el presupuesto, y fue adjudicado. Luego se dieron cuenta de que, considerando este 19% adicional, no sólo había que apretarse en los gastos, sino que además, no salía rentable. Un completo desastre. Prefirieron pedir que cobraran las boletas y salir de un bochorno mayor.
Y así: mensajes escritos jocosamente en correos o documentos Word, enviados a destinatarios equivocados (por ejemplo, un profesor, que no debía leerlos), faltas de ortografía en informes oficiales, "faltó un formulario en la propuesta económica", llegar tarde a algún trámite oficial, no guardar todos los cambios que se habían hecho a un documento y perder un día completo de trabajo, poner un parche para que el computador no alegue que la copia de Office no es auténtica, y que ese parche arruine toda la navegación por Internet, al meterse como un virus en el registro de Internet Explorer...
Son errores idiotas, que pueden pasar en ocasiones de diversa índole, y que a veces suceden en circunstancias de mayor importancia. Esta vez significaron el descenso de un equipo bastante popular en su zona, y que toda una ciudad quiera linchar al culpable. Sin embargo, yo sé lo que Del Solar está sintiendo en este momento: lo mismo que ha sentido cualquiera de nosotros cuando ha cometido un error garrafal. La sensación absolutamente imperativa de querer retroceder el tiempo y no hacer lo que, a estas alturas, representa un escándalo y algo que puede arruinarte la vida.
Cualquiera se equivoca, incluso a este nivel. Lo que pasa es que, en algunas ocasiones, el efecto es devastador y definitivo. Y no sé cómo será vivir con esa cruz. Probablemente detenerse a pensar y a escribir sobre ello, sea otro error garrafal.
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Cristian
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domingo 1 de noviembre de 2009
Bueno
Las cualidades de las personas, por definición, son subjetivas. La calidad de "inteligente", "lindo" o "simpático" dependen fuertemente del evaluador más que del evaluado. Incluso las cualidades tienen una especie de matriz de correlación que las vincula. Yo, por ejemplo, tengo la tendencia a encontrar "lindas" a las mujeres que antes me han parecido "inteligentes", así como generalmente mis amigos "simpáticos" son también "inteligentes". Y, por otra parte, como ya lo dijo Lisa Simpson, la "felicidad" con la "inteligencia" tienen una relación de proporcionalidad inversa casi perfecta, de acuerdo a lo que se puede ver en la imagen de abajo:
[Imagen vía flowingdata.com]
A mi me han descrito en varias ocasiones con los adjetivos que indico más arriba, o con sus opuestos: como dije, todo depende del evaluador. Sin embargo, creo que lo de "bueno" casi siempre aparece más seguido que los demás. "Es un buen cabro", dicen algunos. "Lo que más puedo destacar es que es una buena persona".
¿Yo, buena persona?
A riesgo de mirarme por enésima (y más solemne que nunca) vez el ombligo, debo discrepar con las afirmaciones anteriores. No sé si sea tan bueno. Si esto significa ser parecido a Ned Flanders (para seguir en Springfield), definitivamente no. Pero debe haber un punto intermedio. Al menos eso espero.
Yo no estoy allí de todas formas. A veces veo que viene gente que quiere subir en el ascensor y, sólo por poder subir solo, presiono el botón de cerrar las puertas. Otras veces diviso a alguien conocido (pero no muy querido) en el Metro y me deslizo hacia otros carros para poder seguir leyendo los Cuentos Completos de Cortázar en paz. En alguna ocasión he maldicho entredientes a los vendedores de mala voluntad, especialmente en las farmacias. He despreciado en voz alta a la gente del Barrio Alto, no por resentido sino por simple odiosidad. Y finalmente, he desarrollado el vicio de querer enterarme de (casi) cualquier cosa. No por contárselo a nadie (el chisme no es atractivo), sino sólo por el gusto de saber cosas. Eso tiene nombres un poco feos ("sapo", "copuchento"), pero creo que los puedo asumir. Melissa lo llama "curiosidad". Ella me quiere mucho.
Pero sobretodo, pienso que no soy enteramente bueno porque soy desconfiado. La mayor parte del tiempo me da desconfianza la gente que se ve feliz. Siempre pienso que algún problema deben tener. Suscribo un poco a la tesis de Bielsa del éxito como excepción "que ocurre de vez en cuando" en medio de una vida que tiende a ser un poco más amarga que dulce.
No creo en la felicidad absoluta. Al menos no en esta Tierra. Creo que la belleza de la vida reside precisamente en encontrar gente que ayude a que el camino se haga menos difícil.
Una persona así, que estropea la felicidad de otros o, en el mejor de los casos, no cree plenamente en ella, no puede ser completamente "buena". Lo de "bueno" es, entonces, a lo menos discutible. Otro día hablaremos de lo de "simpático" y lo de "inteligente", o podemos simplemente, pasar a otras reflexiones un poco menos desagradables.
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domingo 25 de octubre de 2009
Veintisiete
No crean ustedes, jóvenes lectores, que toda su vida estará resuelta cuando cumplan los dieciocho años, como les deben informar en sus colegios. Que la prueba rendida, la carrera escogida y el futuro preplanificado, les darán alguna garantía de estabilidad.
No es así. A los dieciocho, con las hormonas alborotadas y la vaga sensación de que están más maduros y, por tanto, pueden tomar mejores decisiones, es probable que se equivoquen. Al menos a mí me pasó. Y creí que me jugaba la vida pero ésta no estaba en juego. Nunca lo estuvo. Eran etapas que iban pasando, momentos que había que ir quemando. Y todo pasó. Y atardeció y amaneció el año dieciocho.
A los veintitrés años, con la inmadurez dejada de lado, la pregunta de la vocación me siguió molestando. Y siempre me estaba preguntando acerca del origen de las cosas, cuestionando la posibilidad de tener relaciones de amistad duraderas en un medio esquivo, ordenando la familia para que sus vaivenes no afectaran decisiones importantes. Sobretodo, intentando establecer equilibrios que fueran válidos para sustentar una vida un poco más ordenada. Creyendo que las relaciones eran para siempre, me equivoqué nuevamente. Y todo pasó. Y atardeció y amaneció el año veintitrés.
Ahora, al cumplir veintisiete, sigo repleto de preguntas. Cuando mi vida parecía ordenada alrededor de los acontecimientos, del trabajo cotidiano y de la hermosa relación que todavía sostengo, tan preciada como siempre; con mi familia y mis amigos ya afianzados como el motor de la vida; simplemente he decidido romper el equilibrio y cruzar el puente. (Véase, como botón de muestra, la hora en la que escribo estas líneas). Iniciar nuevos rumbos e intentar estudiar sin pensar demasiado en cuáles serán las consecuencias de esa decisión. Y quién sabe cuáles serán. Por el momento, una incertidumbre y muchas dudas sin contestar. Tal vez de la mano de una madurez y una tranquilidad que antes no existían, pero los cambios siguen generando impulsos que, finalmente, hacen que la vida tenga un sabor mucho más atractivo al paladar, y que cada día merezca ser vivido.
Y todo eso pasará. Y atardecerá y amanecerá mi año veintisiete.
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Cristian
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lunes 12 de octubre de 2009
Puente
I've seen the bridge and the bridge is long
And they built it high and they built it strong
Hay un puente que uno siempre ha visto, que siempre ha estado cerca de la imaginación, siempre rondando en las conversaciones de pasillo, en las sobremesas, en los programas de radio y televisión, en los blogs. La imagen de algo fuerte e inamovible, como el del visionario Viaducto del Malleco del visionario Balmaceda.
Los (grandes) puentes dan simultáneamente esta idea de majestuosidad y unión de realidades paralelas; que andan por rieles parecidos pero nunca se juntan. El puente une y conecta, pero al mirarlo de lejos, alto, con sus cadenas y vigas, uno no deja de pensar en lo difícil que debe ser llegar ahí. Verdaderamente llegar allí.
Strong enough to hold the weight of time
Long enough to leave some of us behind
En la vida también hay muchos puentes que uno tiene que cruzar. Esta clase de puentes aguantan mucho más que el Malleco o el Puente Viejo. "El peso del tiempo", por ejemplo, las diferentes edades y épocas, las circunstancias que nos toca vivir, las ideas que hay que dejar atrás para iniciar nuevas etapas. Otras formas de andar.
Está claro que, en este paso, varios quedan atrás. El puente es largo, algunos ni siquiera llegan a empezar el cruce. Y probablemente, varios se queden sólo en el camino.
And every one of us has to face that day
Do you cross the bridge or do you fade away
And every one of us that ever came to play
Has to cross the bridge or fade away
Pero todos tendremos que enfrentar el día en que se nos aparezca un puente verdaderamente importante, uno que divida nuestras vidas en dos. La pregunta que flotará en el aire será: "¿te atreverás a cruzarlo?".
Es una pregunta difícil porque el puente es alto, fuerte, largo y complejo. Pero ojo: el que no cruza simplemente se desvanece. Desaparece en un mar de mediocridad. Y todos los que han llegado en medio de las aventuras de sus vidas, a jugar un rato, tienen que cruzarlo... o perderse en las mismas vías de siempre, en el mismo contexto de siempre. En las mismas etapas olvidadas de la vida. A veces en el hogar de infancia, con la familia querida, con la tranquilidad del trabajo estable... Sin arriesgar nada. Durmiéndose en los laureles.
Standing on the bridge looking at the waves
Seen so many jump, never seen one saved
On a distant beach your song can die
On a bitter wind, on a cruel tide
Pero la idea no es cruzar por cruzar. Mirando hacia abajo del puente, se ven todavía los restos de muchos que saltaron, sin atreverse a seguir adelante. Con "vientos amargos" y "mareas crueles", varios proyectos de vida, cambios, o nuevos intentos, se han visto perdidos. Y ése es el otro gran susto. No sólo está el temor a quedarse donde mismo, sino a que el fracaso lo deje a uno flotando en busca de una playa...
And the bridge it shines
Oh cold hard iron
Saying come and risk it all
Or die trying
¡Pero el puente llama a cruzarlo! Se ve brillante, de frío y duro hierro, y para algunos, en algunos momentos específicos de la vida, están las ganas de "ir y arriesgarlo todo / o morir en el intento". Porque a veces es necesario. Porque la necesidad de vivir es más fuerte que la de simplemente sobrevivir, y porque la sensación de no haberse atrevido debe ser muy parecida a la de la muerte.
Así que hay que enfrentar estos pequeños desafíos del día a día.
And every one of us has to face that day
Do you cross the bridge or do you fade away
And every one of us that ever came to play
Has to cross the bridge or fade away
Hay que cruzar el puente. Admiro mucho a todos los que, en diversas circunstancias, lo han hecho. Espero poder hacerlo. Sobretodo si lo dice el viejo y ronco Elton, que parece que sabe de estas cosas.
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Cristian
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martes 22 de septiembre de 2009
Villamil
.........................................
Soy la persona más afortunada del mundo
Ustedes no vieron jugar a Jesús Trepiana
En qué andaban
Trepando posiciones corriendo la carrera de las ratas
Jamás me cansaré de reiterarlo
Yo vi jugar a Jesús Trepiana con estos ojos de lince
Yo puedo morir en paz
El resto es literatura.
"Yo vi jugar a Jesús Trepiana" - Erick Pohlhammer
A los nueve años poco importan las consideraciones que ahora pueden preocupar. Ni los estoy decidiendo mi futuro futuro de los dieciocho, ni los adónde va mi vida de los veinticuatro, ni los ya es tiempo de sentar cabeza de los veintisiete...
A los nueve años lo que importa es jugar a la pelota. Mirar cómo juegan a la pelota los que realmente le pegan al asunto, y empezar a perseguirla hasta alcanzarla. Aunque a veces todos anduviéramos detrás de ella y queríamos pegarle aunque sea un golpecito. Aunque los partidos terminaran en treinta goles por lado y con la cuenta perdida del cómo íbamos. Aunque volviéramos traspirados a clases después de un recreo particularmente intenso. Aunque la pelota fuera una caja de cartón.
A veces era una pelota de verdad, aunque algo más chica. Más nos entusiasmaba. El patio del colegio se hacía chico y varias veces quebrábamos los vidrios de la capilla. A mí me gustaba proteger el gigantesco lavamanos que daba a la pandereta que delimitaba el terreno del colegio. Era mi arco. Y si quería ser arquero no era necesariamente por ser el peor de todos para el fútbol -como a veces se acostumbraba-.
Era por Nicolás Servando Villamil.
Al "Loco" lo vi en Collao en alguna de las veces en que mi padre me llevó al Estadio a ver a Deportes Concepción en los '90, y se convirtió en mi ídolo absoluto. Me contaba que había llegado a la U en la década anterior (chuncho, mi padre), y que luego había recalado en estas tierras. Nunca supe si realmente atajaba todo lo que yo creía, porque mi idolatría probablemente me hacía juzgarlo mucho mejor de lo que era. (El hecho de que mi abuelo, asiduo a cambiar de nombres a las cosas, lo llamara "Villacien", ya era, sospecho, un indicador de su real valía). Pero sí era un espectáculo. Verlo agazapado en la mitad del área ordenando las barreras antes de un tiro libre, ver sus voladas aparatosas, y sus atajadas al borde de la brillantez. Con el atavío de sus trajes grises y multicolores al mismo tiempo.
Todo eso no tenía precio alguno.
Lo que más me impactaba era que cuando el Conce iba perdiendo y necesitaba el empate, sobre la hora, el tipo jugaba de líbero, fuera del área, y varias veces entraba a cabecear los tiros de esquina, salir jugando o incluso, a evitar goles contrarios a través de un buen quite. Claro que a veces salía a achicar a tres cuartos de cancha y dejaba el arco listo para la intervención del atacante contrario, que tenía metros de soledad para convertir otro gol en contra... Pero estoy seguro en mi fuero interno, que fueron muchos más partidos los que salvó. Por algo la hinchada lo quería. Por algo varios cabros chicos de Concepción queríamos ser como él.
(Qué me dijeron a mí. En cuanta pichanga jugaba, salía, con mis guantes de arquero, unos metros fuera de mi arco, a actuar de líbero y quitar la pelota para cortar las llegadas contrarias. A veces me resultaba, y otras, también dejaba el arco solo y me convertían. Recibía algún reto, pero imitaba a mi ídolo y eso era más importante).
Recuerdo claramente una vez que estábamos en el centro de Concepción con mis papás y mi hermana. Mi papá fue a pagar una cuenta en Ripley, y yo me quedé con las mujeres de la familia. Lo lamento hasta el día de hoy, porque en la otra tienda conoció en persona a Nicolás Villamil. Le prometió una foto autografiada para mí, pero nunca más lo vi. De todas formas, creo que no habría sabido qué decir si me lo encuentro de frente: probablemente me habría abrazado de mi papá, mudo al verme de frente con el futbolista más importante de mi (corta) vida mirando fútbol.
Era mi ídolo.
Pero esas cosas se quedan pegadas a la mente. Era, por Dios, el equipo del '91: ¡Ése que ganó la liguilla de la Copa Libertadores del '90, cuando se jugaba en el Estadio Nacional! ¡Ése que fue a la Libertadores y le ganó a los equipos ecuatorianos, y pasó a segunda ronda detrás del Colo-Colo que al final salió campeón!
Arquero espectáculo, que más de alguna vez levantó los brazos pidiendo más apoyo de la hinchada, sobretodo cuando el equipo no jugaba tan bien. Arquero que atajaba penales de espaldas. Y nadie me puede decir que eso no es cierto, porque yo lo vi en la tribuna de Collao que da al Regimiento. Ahí, al medio, donde la entrada más barata te entrega la mejor vista.
Arquero al que el tiro le salió por la culata aquella tarde de 1995 en que, en el Nacional, el Conce jugaba un más que honroso partido contra la U (que sería campeón ese año), y se mandó una pifia antológica al intentar pegarle a la pelota con un pie y golpearla con el otro, en tres cuartos. Lo vacunó la U y nos comimos un 4-2 inmerecido...
Mi ídolo era humano.
Después lo demostró con creces. Jugó por el enemigo, tuvo una tienda deportiva en pleno centro (a la que un par de veces fui con esperanzas de encontrarlo para cobrarle la foto autografiada que me debía), y bueno... No sé si tuvo la despedida que merecía.
El fútbol me dejó a mí antes que yo pudiera dejarlo. Ahora pienso en comprar departamento, estudiar un magíster, dar una conferencia, entregar un informe. Cosas sin importancia al lado de salir desde mi arco a pelear una pelota, o ser el héroe del partido con la atajada final. Sin embargo sigo siendo un seguidor, y recuerdo con nostalgia esos años 90 en que tenía más cerca a Villamil que a Maradona, Zenga, Matthaus o Romario. En que quería ser arquero y salvar a mi equipo.
Pero el resto... El resto es literatura, como lo dijo Pohlhammer.
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Cristian
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viernes 18 de septiembre de 2009
Cocina
El asunto es relativamente simple y hay que reconocerlo: los talentos son limitados (ya se ha dicho muchas veces), y no hay capacidad de hacerlo todo bien.
Así que me invade una especie de ansiedad indecible cuando me toca cocinar. Sí, todavía me pasa, a pesar de que ya llevo un año y tres meses -o algo por el estilo- viviendo solo.
Aprendí a porrazos a hacer arroz, porque el proceso de granearlo, a través del aceite en la sartén y los condimentos, me salía extremadamente dudoso. Las proporciones de agua tampoco las dominaba muy bien, y el fuego de la cocina amenazaba siempre con extenderse más de la cuenta. Pero a pura práctica he logrado que me sienta orgulloso de mi arroz. Que no se quema: detalle importante. Además el olor del arroz friéndose debe ser de los que más me gusta en la vida, así de simple.
Pero mi creatividad va poco más allá de esto. A veces una olla de tallarines siguiendo las instrucciones del envase, un bistec apurado, unas vienesas. Hace meses que no me envían la cuenta del gas porque -deduzco- emitir la boleta de cobro implica un costo muy superior para la compañía, que el monto que me tendrían que cobrar por el uso del gas domiciliario. La cocina está casi virgen. Sólo las incursiones de Melissa en artes culinarias un poquito más elaboradas, ha hecho que su uso aumente en alguna proporción.
Así que en estas fechas los ríos de comida y bebida que corren por todo el país, no dejan de ser causa de impresión sincera. Como lo mío no es el arte de la cocina, el proceso de elaboración de la empanada es una incógnita al nivel de la teoría de la relatividad general. Intentar descubrir cómo esa armazón de masa crujiente no deja arrancar el sabroso relleno interior es una de las maravillas del mundo moderno. Y otro tanto para los pebres cuchareaos, e incluso los curantos.
Ya lo tengo decidido para estas Fiestas. Mi aporte será, sospecho, ayudar a poner la mesa. Luego comer. Luego retirar los platos. Tal vez lavarlos, si entre tanta fiesta se me permite hacerlo. En la etapa de preparación prefiero estar lejos de la cocina, porque "mucho ayuda el que no estorba".
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Cristian
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sábado 5 de septiembre de 2009
Gabriela (más allá de la farándula)
Ya ha quedado claro, aunque algunos lo dudaran, que nuestra Gabriela Mistral (sí, la misma de los nuevos billetes de cinco lucas), era lesbiana.
Hay que decirlo con todas sus letras, aunque la palabra sea un poco dolorosa, o al menos poco cómoda de asociar a un personaje que siempre ha estado adornado con ciertos ribetes heroicos, y a la gente normal le duela un poco el término.
Más allá de la discusión de siempre, la gente sigue acreditándole a la maestra una fealdad que probablemente tenía, pero que no es relevante en ningún aspecto, y una lejanía con la gente, probablemente por la riqueza de su lenguaje, que se aleja tanto de lo que ocupamos en estos tiempos. La mitología sobre Gabriela Mistral siempre ha sido amplia: que no quería a Chile y por eso vivía a fuera odiando a los chilenos, que era una escritora fascista, que sólo hacía canciones de cuna y poemitas como "Manitas" o "Piececitos"...
En un país de peladores -me incluyo-, nada de esto es de extrañar.
Ignorar el legado telúrico de Gabriela Mistral es un verdadero pecado de omisión. Escasamente he leído textos de tanta intensidad humana como los "Sonetos de la Muerte" (donde pide descansar junto a la persona que ama hasta después de la tumba, y se alegra por este destino extraño: "Me alejaré cantando mis venganzas hermosas / Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna / Bajará a disputarme tu puñado de huesos"), "El Ruego" (una interpelación a Dios, ni más ni menos) o "Interrogaciones" (con su crudeza carnal sobre el acto de un suicido). Y yo no soy el más indicado para empezar a buscar otros textos con mucho más valor poético, pero igualmente recuerdo al pasar "Herramientas" de Lagar, "La Manca" de Ternura y el texto que le da el título a Desolación como tres de mis poemas favoritos.
Pero estoy divagando.
No dejó de picar mi morbo cuando vi que El Mercurio del domingo pasado iba a traer un extracto de estas cartas entre Gabriela Mistral y Doris Dana, en el que, supuestamente, "todo quedaba revelado". No compré el diario porque no iba a tener tiempo de leerlo en papel, pero sí lo leí en internet. Y luego he notado las reacciones que han seguido. Los mistralianos exacerbados que siguen negando una verdad evidente, los liberales actuales que la defienden como un ícono de su lucha... Y una mirada un poco más contemporánea, que en algunos lugares ha expresado el pudor que representa meterse en la intimidad de la escritora y (por qué no decirlo) en su cama.
No sé qué tan relevante sea este aspecto para una mejor comprensión de las obras humanas. Es cierto, todo el mundo sabe que los estados de ánimo de los creadores, los momentos que pasan en la vida, y todo aquello que se relaciona con sus vivencias personales, traspasa su creación. Los músicos hacen discos oscuros cuando están irremediablemente sumidos en una vida miserable (Plastic Ono Band) y más brillantes y optimistas cuando sus vidas parecen más resueltas (Double Fantasy, para seguir agarrándome del sempiterno Lennon como ejemplo). Pero, ¿será necesario saberlo? ¿No se sostienen las obras sin el contexto, por mucho que sea el morbo por saber, realmente, qué pasaba por la cabeza de quienes las crearon?
Yo soy de los que cree que las obras de las personas (artísticas, personales, laborales), deben sostenerse por sí mismas. Pararse en cualquier espacio para el que hayan sido diseñadas y no necesitar apoyos adicionales. No deben necesitar explicarse. Los poemas de Gabriela son así. Aunque ella no haya vivido una pena de amor dolorosa que haya pasado por la muerte de un ser querido, los "Sonetos de la Muerte" interpretan, mejor que cualquier creación humana, este sentimiento volcánico y profundo. Dicho de otra forma: no creo que importe si Parra es realmente el antipoeta, si Dylan realmente quería cambiar el mundo, o si Silvio Rodríguez realmente sea un revolucionario practicante. Sus obras lo sobreviven. De eso se trata crear (ser un "pequeño Dios", en las palabras de Huidobro): la creación debe tener vida propia, más allá del autor, sobreviviéndolo. Más allá de que nos genere curiosidad saber qué pasaba realmente con todo esto, y de que uno siempre quiera saber de dónde viene la inspiración para tal pintura, tal canción o tal cuento. O tal poema.
Yo respeto todo lo que venga de Gabriela Mistral, pero creo que pasaré de comprar Niña Errante. No sé si quiera entrar en detalles. Probablemente, como todos sus textos, probablemente destilen sangre, dolor y esperanza. Pero siguen siendo parte de una vida que está fuera de la obra, que es su contexto, y que es interesante conocer. Pero que no cambia en nada la relevancia de una obra que existe, desde siempre, por sí misma, más allá de la farándula.
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martes 25 de agosto de 2009
Gracias
Tal vez a ti no te guste, pero tengo que darte las gracias.
No son gracias por el amor, porque el amor no se agradece, sino que se entrega. Tal como tú lo haces, día tras día, entre tus trabajos, tus dolores de cabeza, tus largas jornadas y tus viajes en Metro apretada entre la multitud que no te percibe. Entre todo lo que tienes que hacer aunque no quieres, y lo que quieres hacer y haces.
Pero sí gracias por estar ahí. Por estar siempre conmigo. Por tomar once juntos y enseñarme a cocinar lo poco que sé, y por dormir siesta conmigo y acompañarme en mis momentos difíciles. Porque cuatro años después todavía te veo siempre a mi lado, aunque en un momento nos separaron la geografía y el trabajo. Ahora Santiago nos juntó, con unas cuadras de separación. Y ahí estás, haciendo que siempre esté orgulloso de tus logros, y permitiéndome acompañarte en el camino.
Gracias porque mi familia se quedó en Concepción, casi todos mis amigos no están acá, y sin embargo, no me siento solo. Estoy siempre acompañado por tu presencia permanente, esforzada y reponsable, pero también vibrante, generosa y amante. Y a pesar de mis incertidumbres y mis caídas, siempre te siento cerca. Y eres lo más cierto que tengo, inmutable como la Cordillera.
Gracias por estar siempre conmigo, mi amor. Hay que darse espacio para decirlo.
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Cristian
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jueves 20 de agosto de 2009
Lluvia

Vía Conpehtchile
Cuando llueve en Santiago, todos se alarman.
Abundan los paraguas abiertos, aunque sólo sean dos gotas cayendo sobre las cabezas. Se notan los pocos techos. Hay que tener cuidado en las esquinas del centro, porque en varias se acumulan las aguas aprovechando la pendiente transversal de las calles. Consecuentemente, abundan los zapatos mojados, las botas de goma y los personajes que alegan por los conductores que, poco acostumbrados al trajín lluvioso, arrojan agua a sus cabezas.
Cuando llueve en Santiago, se habla del tema.
Es tema de conversación en el café y en la hora de almuerzo. La gente pregunta a qué hora empieza, cuelga sus paraguas en los percheros y viene con impermeable. Se culpa al hombre del tiempo porque dijo que empezaba a llover a las 12 y son las 19 y todavía nada.
A veces parece que lloviera fuerte, y a uno no le parece tanto porque es del sur y en el sur estas cosas pasan bastante más seguido. Así que, incluso, se echa de menos. El agua que cae sobre todo viene a limpiar un poco lo que había. Y en ese sentido cumple el hermoso rol de dejarse caer. Eso sobretodo. Eso de seguir cayendo desde alturas improbables.
Cuando llueve en Santiago, el Metro no avanza.
Y se queda entre estaciones, como esperando que el siguiente avance un poco más, y el sistema pueda volver a la normalidad. Las personas mojadas y un poco más expectantes y nerviosas que lo habitual -que ya es bastante-, esperan que todo dure un poco menos de lo que estaba presupuestado. Estar en el Metro, afrontémoslo, es una cuenta regresiva permanente. La utilidad negativa, famosa. Y ahora que llueve es un poco más negativa.
Cuando llueve en Santiago, prefiero no escuchar música.
Porque por mucho que "Rain" de los Beatles, "The Rain Song" de Led Zeppelin, "Winter" de los Rolling Stones o "Canción del Sur" de los Jaivas, tengan reminiscencias de sonidos de lluvia y entreguen un poco de paz en la jornada, no hay nada mejor que abrir la ventana y escuchar cómo las gotas abundantes rebotan sobre el cemento del estacionamiento, y cualquier otro ruido -taladros, gritos, aguas hirviendo- pierde toda importancia al lado de su majestuosidad.
Y así se pasa toda una tarde, escuchando cómo llueve al lado.
Y otra externalidad positiva de la lluvia en Santiago es la Cordillera del día siguiente. Que se ve. De verdad se ve. Y no es una pura leyenda como en cualquier día. Como hoy.
Cuando llueve en Santiago, es más fácil recordar al sur.
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Cristian
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Etiquetas: lluvia, santiaguinas
sábado 8 de agosto de 2009
Reunión
(o "Cosas que pasan de repente")
Nooooo... esta huevá no puede ser. No puede ser que nos intenten quitar la pega. Quiénes son ustedes, después de todo. Nadie. Unos pendejos de mierda que se quieren meter en huevás que no les corresponden. Es pega nuestra. La gente sabe que somos los expertos. La llevamos. ¿O van a pelear contra más de treinta años de experiencia? Nooooo... esta huevá no puede ser. No tienen nada que reclamar, no les corresponde. Si nosotros somos los únicos que podemos hacer bien la pega. Están cobrando muy poco, huevón. Tú no sabes cómo se alargan estas huevás, porque los que piden estas pegas no tienen ni hueva de idea. ¡Si a veces hay que hacer harto más de lo que se planifica! Ustedes no tienen idea. Me imagino que habrá reuniones con estos huevones. Eso también hay que presupuestarlo. Tenerlo claro. Nos va a quitar tiempo. La estimación de HH se nos va a ir a la mierda. Pero nosotros lo sabemos. Si llevamos no se cuánto tiempo en esta huevá. En el futuro lo tenemos que hacer nosotros. Oye, recuérdame una cosa. Yo conozco a estos giles. Uno de ellos es padrino de bautizo de una sobrina. Son los dueños de toda la empresa. La tremenda huevá, pos, huevón. Tienen posibilidades de seguirse expandiendo y llenándose los bolsillos, entonces que no vengan a pedir huevás. Creen que es un puro trámite. Noooo... ustedes no pueden tomar esta huevá solos. Esto se maneja, se conversa, se discute. Nos vamos a reunir una vez por semana, para ver con quién tenemos que hablar para que esta huevá funcione. La pega la hacemos nosotros, si por algo somos quienes somos. ¿Que ustedes han tenido buenos resultados? Sí, pero no son nadie. Nadie todavía. ¿O le han ganado a alguien? Nadie, no tienen el sello, no tienen la experiencia. Ni siquiera cacho si tienen la experiencia suficiente, huevón. Pa' ná. Están huevones si creen que se van a salir con la suya. Esta huevá la manejamos desde acá. Ustedes van a tener que apartarse. Dedíquense a las huevás que tienen designadas. Después hablamos. Y corten su huevadita. Si los vuelven a llamar, nos avisan.
Y cosas como ésta, de vez en cuando. Suponer que hay que aguantarlo. Respirar profundo. No responder. No poner caras. Protegerse. Descansar el fin de semana.
Escrito por
Cristian
a las
20:45
2
despiertan
Etiquetas: corruptos, cosas que desprecio, laborales


