Las cualidades de las personas, por definición, son subjetivas. La calidad de "inteligente", "lindo" o "simpático" dependen fuertemente del evaluador más que del evaluado. Incluso las cualidades tienen una especie de matriz de correlación que las vincula. Yo, por ejemplo, tengo la tendencia a encontrar "lindas" a las mujeres que antes me han parecido "inteligentes", así como generalmente mis amigos "simpáticos" son también "inteligentes". Y, por otra parte, como ya lo dijo Lisa Simpson, la "felicidad" con la "inteligencia" tienen una relación de proporcionalidad inversa casi perfecta, de acuerdo a lo que se puede ver en la imagen de abajo:
[Imagen vía flowingdata.com]
A mi me han descrito en varias ocasiones con los adjetivos que indico más arriba, o con sus opuestos: como dije, todo depende del evaluador. Sin embargo, creo que lo de "bueno" casi siempre aparece más seguido que los demás. "Es un buen cabro", dicen algunos. "Lo que más puedo destacar es que es una buena persona".
¿Yo, buena persona?
A riesgo de mirarme por enésima (y más solemne que nunca) vez el ombligo, debo discrepar con las afirmaciones anteriores. No sé si sea tan bueno. Si esto significa ser parecido a Ned Flanders (para seguir en Springfield), definitivamente no. Pero debe haber un punto intermedio. Al menos eso espero.
Yo no estoy allí de todas formas. A veces veo que viene gente que quiere subir en el ascensor y, sólo por poder subir solo, presiono el botón de cerrar las puertas. Otras veces diviso a alguien conocido (pero no muy querido) en el Metro y me deslizo hacia otros carros para poder seguir leyendo los Cuentos Completos de Cortázar en paz. En alguna ocasión he maldicho entredientes a los vendedores de mala voluntad, especialmente en las farmacias. He despreciado en voz alta a la gente del Barrio Alto, no por resentido sino por simple odiosidad. Y finalmente, he desarrollado el vicio de querer enterarme de (casi) cualquier cosa. No por contárselo a nadie (el chisme no es atractivo), sino sólo por el gusto de saber cosas. Eso tiene nombres un poco feos ("sapo", "copuchento"), pero creo que los puedo asumir. Melissa lo llama "curiosidad". Ella me quiere mucho.
Pero sobretodo, pienso que no soy enteramente bueno porque soy desconfiado. La mayor parte del tiempo me da desconfianza la gente que se ve feliz. Siempre pienso que algún problema deben tener. Suscribo un poco a la tesis de Bielsa del éxito como excepción "que ocurre de vez en cuando" en medio de una vida que tiende a ser un poco más amarga que dulce.
No creo en la felicidad absoluta. Al menos no en esta Tierra. Creo que la belleza de la vida reside precisamente en encontrar gente que ayude a que el camino se haga menos difícil.
Una persona así, que estropea la felicidad de otros o, en el mejor de los casos, no cree plenamente en ella, no puede ser completamente "buena". Lo de "bueno" es, entonces, a lo menos discutible. Otro día hablaremos de lo de "simpático" y lo de "inteligente", o podemos simplemente, pasar a otras reflexiones un poco menos desagradables.
domingo 1 de noviembre de 2009
Bueno
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Cristian
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Etiquetas: cosas que desprecio, cualidades, felicidad
domingo 25 de octubre de 2009
Veintisiete
No crean ustedes, jóvenes lectores, que toda su vida estará resuelta cuando cumplan los dieciocho años, como les deben informar en sus colegios. Que la prueba rendida, la carrera escogida y el futuro preplanificado, les darán alguna garantía de estabilidad.
No es así. A los dieciocho, con las hormonas alborotadas y la vaga sensación de que están más maduros y, por tanto, pueden tomar mejores decisiones, es probable que se equivoquen. Al menos a mí me pasó. Y creí que me jugaba la vida pero ésta no estaba en juego. Nunca lo estuvo. Eran etapas que iban pasando, momentos que había que ir quemando. Y todo pasó. Y atardeció y amaneció el año dieciocho.
A los veintitrés años, con la inmadurez dejada de lado, la pregunta de la vocación me siguió molestando. Y siempre me estaba preguntando acerca del origen de las cosas, cuestionando la posibilidad de tener relaciones de amistad duraderas en un medio esquivo, ordenando la familia para que sus vaivenes no afectaran decisiones importantes. Sobretodo, intentando establecer equilibrios que fueran válidos para sustentar una vida un poco más ordenada. Creyendo que las relaciones eran para siempre, me equivoqué nuevamente. Y todo pasó. Y atardeció y amaneció el año veintitrés.
Ahora, al cumplir veintisiete, sigo repleto de preguntas. Cuando mi vida parecía ordenada alrededor de los acontecimientos, del trabajo cotidiano y de la hermosa relación que todavía sostengo, tan preciada como siempre; con mi familia y mis amigos ya afianzados como el motor de la vida; simplemente he decidido romper el equilibrio y cruzar el puente. (Véase, como botón de muestra, la hora en la que escribo estas líneas). Iniciar nuevos rumbos e intentar estudiar sin pensar demasiado en cuáles serán las consecuencias de esa decisión. Y quién sabe cuáles serán. Por el momento, una incertidumbre y muchas dudas sin contestar. Tal vez de la mano de una madurez y una tranquilidad que antes no existían, pero los cambios siguen generando impulsos que, finalmente, hacen que la vida tenga un sabor mucho más atractivo al paladar, y que cada día merezca ser vivido.
Y todo eso pasará. Y atardecerá y amanecerá mi año veintisiete.
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Cristian
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Etiquetas: cumpleaños, veintisiete
lunes 12 de octubre de 2009
Puente
I've seen the bridge and the bridge is long
And they built it high and they built it strong
Hay un puente que uno siempre ha visto, que siempre ha estado cerca de la imaginación, siempre rondando en las conversaciones de pasillo, en las sobremesas, en los programas de radio y televisión, en los blogs. La imagen de algo fuerte e inamovible, como el del visionario Viaducto del Malleco del visionario Balmaceda.
Los (grandes) puentes dan simultáneamente esta idea de majestuosidad y unión de realidades paralelas; que andan por rieles parecidos pero nunca se juntan. El puente une y conecta, pero al mirarlo de lejos, alto, con sus cadenas y vigas, uno no deja de pensar en lo difícil que debe ser llegar ahí. Verdaderamente llegar allí.
Strong enough to hold the weight of time
Long enough to leave some of us behind
En la vida también hay muchos puentes que uno tiene que cruzar. Esta clase de puentes aguantan mucho más que el Malleco o el Puente Viejo. "El peso del tiempo", por ejemplo, las diferentes edades y épocas, las circunstancias que nos toca vivir, las ideas que hay que dejar atrás para iniciar nuevas etapas. Otras formas de andar.
Está claro que, en este paso, varios quedan atrás. El puente es largo, algunos ni siquiera llegan a empezar el cruce. Y probablemente, varios se queden sólo en el camino.
And every one of us has to face that day
Do you cross the bridge or do you fade away
And every one of us that ever came to play
Has to cross the bridge or fade away
Pero todos tendremos que enfrentar el día en que se nos aparezca un puente verdaderamente importante, uno que divida nuestras vidas en dos. La pregunta que flotará en el aire será: "¿te atreverás a cruzarlo?".
Es una pregunta difícil porque el puente es alto, fuerte, largo y complejo. Pero ojo: el que no cruza simplemente se desvanece. Desaparece en un mar de mediocridad. Y todos los que han llegado en medio de las aventuras de sus vidas, a jugar un rato, tienen que cruzarlo... o perderse en las mismas vías de siempre, en el mismo contexto de siempre. En las mismas etapas olvidadas de la vida. A veces en el hogar de infancia, con la familia querida, con la tranquilidad del trabajo estable... Sin arriesgar nada. Durmiéndose en los laureles.
Standing on the bridge looking at the waves
Seen so many jump, never seen one saved
On a distant beach your song can die
On a bitter wind, on a cruel tide
Pero la idea no es cruzar por cruzar. Mirando hacia abajo del puente, se ven todavía los restos de muchos que saltaron, sin atreverse a seguir adelante. Con "vientos amargos" y "mareas crueles", varios proyectos de vida, cambios, o nuevos intentos, se han visto perdidos. Y ése es el otro gran susto. No sólo está el temor a quedarse donde mismo, sino a que el fracaso lo deje a uno flotando en busca de una playa...
And the bridge it shines
Oh cold hard iron
Saying come and risk it all
Or die trying
¡Pero el puente llama a cruzarlo! Se ve brillante, de frío y duro hierro, y para algunos, en algunos momentos específicos de la vida, están las ganas de "ir y arriesgarlo todo / o morir en el intento". Porque a veces es necesario. Porque la necesidad de vivir es más fuerte que la de simplemente sobrevivir, y porque la sensación de no haberse atrevido debe ser muy parecida a la de la muerte.
Así que hay que enfrentar estos pequeños desafíos del día a día.
And every one of us has to face that day
Do you cross the bridge or do you fade away
And every one of us that ever came to play
Has to cross the bridge or fade away
Hay que cruzar el puente. Admiro mucho a todos los que, en diversas circunstancias, lo han hecho. Espero poder hacerlo. Sobretodo si lo dice el viejo y ronco Elton, que parece que sabe de estas cosas.
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Cristian
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martes 22 de septiembre de 2009
Villamil
.........................................
Soy la persona más afortunada del mundo
Ustedes no vieron jugar a Jesús Trepiana
En qué andaban
Trepando posiciones corriendo la carrera de las ratas
Jamás me cansaré de reiterarlo
Yo vi jugar a Jesús Trepiana con estos ojos de lince
Yo puedo morir en paz
El resto es literatura.
"Yo vi jugar a Jesús Trepiana" - Erick Pohlhammer
A los nueve años poco importan las consideraciones que ahora pueden preocupar. Ni los estoy decidiendo mi futuro futuro de los dieciocho, ni los adónde va mi vida de los veinticuatro, ni los ya es tiempo de sentar cabeza de los veintisiete...
A los nueve años lo que importa es jugar a la pelota. Mirar cómo juegan a la pelota los que realmente le pegan al asunto, y empezar a perseguirla hasta alcanzarla. Aunque a veces todos anduviéramos detrás de ella y queríamos pegarle aunque sea un golpecito. Aunque los partidos terminaran en treinta goles por lado y con la cuenta perdida del cómo íbamos. Aunque volviéramos traspirados a clases después de un recreo particularmente intenso. Aunque la pelota fuera una caja de cartón.
A veces era una pelota de verdad, aunque algo más chica. Más nos entusiasmaba. El patio del colegio se hacía chico y varias veces quebrábamos los vidrios de la capilla. A mí me gustaba proteger el gigantesco lavamanos que daba a la pandereta que delimitaba el terreno del colegio. Era mi arco. Y si quería ser arquero no era necesariamente por ser el peor de todos para el fútbol -como a veces se acostumbraba-.
Era por Nicolás Servando Villamil.
Al "Loco" lo vi en Collao en alguna de las veces en que mi padre me llevó al Estadio a ver a Deportes Concepción en los '90, y se convirtió en mi ídolo absoluto. Me contaba que había llegado a la U en la década anterior (chuncho, mi padre), y que luego había recalado en estas tierras. Nunca supe si realmente atajaba todo lo que yo creía, porque mi idolatría probablemente me hacía juzgarlo mucho mejor de lo que era. (El hecho de que mi abuelo, asiduo a cambiar de nombres a las cosas, lo llamara "Villacien", ya era, sospecho, un indicador de su real valía). Pero sí era un espectáculo. Verlo agazapado en la mitad del área ordenando las barreras antes de un tiro libre, ver sus voladas aparatosas, y sus atajadas al borde de la brillantez. Con el atavío de sus trajes grises y multicolores al mismo tiempo.
Todo eso no tenía precio alguno.
Lo que más me impactaba era que cuando el Conce iba perdiendo y necesitaba el empate, sobre la hora, el tipo jugaba de líbero, fuera del área, y varias veces entraba a cabecear los tiros de esquina, salir jugando o incluso, a evitar goles contrarios a través de un buen quite. Claro que a veces salía a achicar a tres cuartos de cancha y dejaba el arco listo para la intervención del atacante contrario, que tenía metros de soledad para convertir otro gol en contra... Pero estoy seguro en mi fuero interno, que fueron muchos más partidos los que salvó. Por algo la hinchada lo quería. Por algo varios cabros chicos de Concepción queríamos ser como él.
(Qué me dijeron a mí. En cuanta pichanga jugaba, salía, con mis guantes de arquero, unos metros fuera de mi arco, a actuar de líbero y quitar la pelota para cortar las llegadas contrarias. A veces me resultaba, y otras, también dejaba el arco solo y me convertían. Recibía algún reto, pero imitaba a mi ídolo y eso era más importante).
Recuerdo claramente una vez que estábamos en el centro de Concepción con mis papás y mi hermana. Mi papá fue a pagar una cuenta en Ripley, y yo me quedé con las mujeres de la familia. Lo lamento hasta el día de hoy, porque en la otra tienda conoció en persona a Nicolás Villamil. Le prometió una foto autografiada para mí, pero nunca más lo vi. De todas formas, creo que no habría sabido qué decir si me lo encuentro de frente: probablemente me habría abrazado de mi papá, mudo al verme de frente con el futbolista más importante de mi (corta) vida mirando fútbol.
Era mi ídolo.
Pero esas cosas se quedan pegadas a la mente. Era, por Dios, el equipo del '91: ¡Ése que ganó la liguilla de la Copa Libertadores del '90, cuando se jugaba en el Estadio Nacional! ¡Ése que fue a la Libertadores y le ganó a los equipos ecuatorianos, y pasó a segunda ronda detrás del Colo-Colo que al final salió campeón!
Arquero espectáculo, que más de alguna vez levantó los brazos pidiendo más apoyo de la hinchada, sobretodo cuando el equipo no jugaba tan bien. Arquero que atajaba penales de espaldas. Y nadie me puede decir que eso no es cierto, porque yo lo vi en la tribuna de Collao que da al Regimiento. Ahí, al medio, donde la entrada más barata te entrega la mejor vista.
Arquero al que el tiro le salió por la culata aquella tarde de 1995 en que, en el Nacional, el Conce jugaba un más que honroso partido contra la U (que sería campeón ese año), y se mandó una pifia antológica al intentar pegarle a la pelota con un pie y golpearla con el otro, en tres cuartos. Lo vacunó la U y nos comimos un 4-2 inmerecido...
Mi ídolo era humano.
Después lo demostró con creces. Jugó por el enemigo, tuvo una tienda deportiva en pleno centro (a la que un par de veces fui con esperanzas de encontrarlo para cobrarle la foto autografiada que me debía), y bueno... No sé si tuvo la despedida que merecía.
El fútbol me dejó a mí antes que yo pudiera dejarlo. Ahora pienso en comprar departamento, estudiar un magíster, dar una conferencia, entregar un informe. Cosas sin importancia al lado de salir desde mi arco a pelear una pelota, o ser el héroe del partido con la atajada final. Sin embargo sigo siendo un seguidor, y recuerdo con nostalgia esos años 90 en que tenía más cerca a Villamil que a Maradona, Zenga, Matthaus o Romario. En que quería ser arquero y salvar a mi equipo.
Pero el resto... El resto es literatura, como lo dijo Pohlhammer.
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Cristian
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Etiquetas: Deportes Concepción, fútbol, infancia, ídolos
viernes 18 de septiembre de 2009
Cocina
El asunto es relativamente simple y hay que reconocerlo: los talentos son limitados (ya se ha dicho muchas veces), y no hay capacidad de hacerlo todo bien.
Así que me invade una especie de ansiedad indecible cuando me toca cocinar. Sí, todavía me pasa, a pesar de que ya llevo un año y tres meses -o algo por el estilo- viviendo solo.
Aprendí a porrazos a hacer arroz, porque el proceso de granearlo, a través del aceite en la sartén y los condimentos, me salía extremadamente dudoso. Las proporciones de agua tampoco las dominaba muy bien, y el fuego de la cocina amenazaba siempre con extenderse más de la cuenta. Pero a pura práctica he logrado que me sienta orgulloso de mi arroz. Que no se quema: detalle importante. Además el olor del arroz friéndose debe ser de los que más me gusta en la vida, así de simple.
Pero mi creatividad va poco más allá de esto. A veces una olla de tallarines siguiendo las instrucciones del envase, un bistec apurado, unas vienesas. Hace meses que no me envían la cuenta del gas porque -deduzco- emitir la boleta de cobro implica un costo muy superior para la compañía, que el monto que me tendrían que cobrar por el uso del gas domiciliario. La cocina está casi virgen. Sólo las incursiones de Melissa en artes culinarias un poquito más elaboradas, ha hecho que su uso aumente en alguna proporción.
Así que en estas fechas los ríos de comida y bebida que corren por todo el país, no dejan de ser causa de impresión sincera. Como lo mío no es el arte de la cocina, el proceso de elaboración de la empanada es una incógnita al nivel de la teoría de la relatividad general. Intentar descubrir cómo esa armazón de masa crujiente no deja arrancar el sabroso relleno interior es una de las maravillas del mundo moderno. Y otro tanto para los pebres cuchareaos, e incluso los curantos.
Ya lo tengo decidido para estas Fiestas. Mi aporte será, sospecho, ayudar a poner la mesa. Luego comer. Luego retirar los platos. Tal vez lavarlos, si entre tanta fiesta se me permite hacerlo. En la etapa de preparación prefiero estar lejos de la cocina, porque "mucho ayuda el que no estorba".
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Cristian
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Etiquetas: 18, cosas que no sé hacer
sábado 5 de septiembre de 2009
Gabriela (más allá de la farándula)
Ya ha quedado claro, aunque algunos lo dudaran, que nuestra Gabriela Mistral (sí, la misma de los nuevos billetes de cinco lucas), era lesbiana.
Hay que decirlo con todas sus letras, aunque la palabra sea un poco dolorosa, o al menos poco cómoda de asociar a un personaje que siempre ha estado adornado con ciertos ribetes heroicos, y a la gente normal le duela un poco el término.
Más allá de la discusión de siempre, la gente sigue acreditándole a la maestra una fealdad que probablemente tenía, pero que no es relevante en ningún aspecto, y una lejanía con la gente, probablemente por la riqueza de su lenguaje, que se aleja tanto de lo que ocupamos en estos tiempos. La mitología sobre Gabriela Mistral siempre ha sido amplia: que no quería a Chile y por eso vivía a fuera odiando a los chilenos, que era una escritora fascista, que sólo hacía canciones de cuna y poemitas como "Manitas" o "Piececitos"...
En un país de peladores -me incluyo-, nada de esto es de extrañar.
Ignorar el legado telúrico de Gabriela Mistral es un verdadero pecado de omisión. Escasamente he leído textos de tanta intensidad humana como los "Sonetos de la Muerte" (donde pide descansar junto a la persona que ama hasta después de la tumba, y se alegra por este destino extraño: "Me alejaré cantando mis venganzas hermosas / Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna / Bajará a disputarme tu puñado de huesos"), "El Ruego" (una interpelación a Dios, ni más ni menos) o "Interrogaciones" (con su crudeza carnal sobre el acto de un suicido). Y yo no soy el más indicado para empezar a buscar otros textos con mucho más valor poético, pero igualmente recuerdo al pasar "Herramientas" de Lagar, "La Manca" de Ternura y el texto que le da el título a Desolación como tres de mis poemas favoritos.
Pero estoy divagando.
No dejó de picar mi morbo cuando vi que El Mercurio del domingo pasado iba a traer un extracto de estas cartas entre Gabriela Mistral y Doris Dana, en el que, supuestamente, "todo quedaba revelado". No compré el diario porque no iba a tener tiempo de leerlo en papel, pero sí lo leí en internet. Y luego he notado las reacciones que han seguido. Los mistralianos exacerbados que siguen negando una verdad evidente, los liberales actuales que la defienden como un ícono de su lucha... Y una mirada un poco más contemporánea, que en algunos lugares ha expresado el pudor que representa meterse en la intimidad de la escritora y (por qué no decirlo) en su cama.
No sé qué tan relevante sea este aspecto para una mejor comprensión de las obras humanas. Es cierto, todo el mundo sabe que los estados de ánimo de los creadores, los momentos que pasan en la vida, y todo aquello que se relaciona con sus vivencias personales, traspasa su creación. Los músicos hacen discos oscuros cuando están irremediablemente sumidos en una vida miserable (Plastic Ono Band) y más brillantes y optimistas cuando sus vidas parecen más resueltas (Double Fantasy, para seguir agarrándome del sempiterno Lennon como ejemplo). Pero, ¿será necesario saberlo? ¿No se sostienen las obras sin el contexto, por mucho que sea el morbo por saber, realmente, qué pasaba por la cabeza de quienes las crearon?
Yo soy de los que cree que las obras de las personas (artísticas, personales, laborales), deben sostenerse por sí mismas. Pararse en cualquier espacio para el que hayan sido diseñadas y no necesitar apoyos adicionales. No deben necesitar explicarse. Los poemas de Gabriela son así. Aunque ella no haya vivido una pena de amor dolorosa que haya pasado por la muerte de un ser querido, los "Sonetos de la Muerte" interpretan, mejor que cualquier creación humana, este sentimiento volcánico y profundo. Dicho de otra forma: no creo que importe si Parra es realmente el antipoeta, si Dylan realmente quería cambiar el mundo, o si Silvio Rodríguez realmente sea un revolucionario practicante. Sus obras lo sobreviven. De eso se trata crear (ser un "pequeño Dios", en las palabras de Huidobro): la creación debe tener vida propia, más allá del autor, sobreviviéndolo. Más allá de que nos genere curiosidad saber qué pasaba realmente con todo esto, y de que uno siempre quiera saber de dónde viene la inspiración para tal pintura, tal canción o tal cuento. O tal poema.
Yo respeto todo lo que venga de Gabriela Mistral, pero creo que pasaré de comprar Niña Errante. No sé si quiera entrar en detalles. Probablemente, como todos sus textos, probablemente destilen sangre, dolor y esperanza. Pero siguen siendo parte de una vida que está fuera de la obra, que es su contexto, y que es interesante conocer. Pero que no cambia en nada la relevancia de una obra que existe, desde siempre, por sí misma, más allá de la farándula.
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Cristian
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Etiquetas: creaciones, gabriela mistral, pelambres, poesía
martes 25 de agosto de 2009
Gracias
Tal vez a ti no te guste, pero tengo que darte las gracias.
No son gracias por el amor, porque el amor no se agradece, sino que se entrega. Tal como tú lo haces, día tras día, entre tus trabajos, tus dolores de cabeza, tus largas jornadas y tus viajes en Metro apretada entre la multitud que no te percibe. Entre todo lo que tienes que hacer aunque no quieres, y lo que quieres hacer y haces.
Pero sí gracias por estar ahí. Por estar siempre conmigo. Por tomar once juntos y enseñarme a cocinar lo poco que sé, y por dormir siesta conmigo y acompañarme en mis momentos difíciles. Porque cuatro años después todavía te veo siempre a mi lado, aunque en un momento nos separaron la geografía y el trabajo. Ahora Santiago nos juntó, con unas cuadras de separación. Y ahí estás, haciendo que siempre esté orgulloso de tus logros, y permitiéndome acompañarte en el camino.
Gracias porque mi familia se quedó en Concepción, casi todos mis amigos no están acá, y sin embargo, no me siento solo. Estoy siempre acompañado por tu presencia permanente, esforzada y reponsable, pero también vibrante, generosa y amante. Y a pesar de mis incertidumbres y mis caídas, siempre te siento cerca. Y eres lo más cierto que tengo, inmutable como la Cordillera.
Gracias por estar siempre conmigo, mi amor. Hay que darse espacio para decirlo.
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Cristian
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jueves 20 de agosto de 2009
Lluvia

Vía Conpehtchile
Cuando llueve en Santiago, todos se alarman.
Abundan los paraguas abiertos, aunque sólo sean dos gotas cayendo sobre las cabezas. Se notan los pocos techos. Hay que tener cuidado en las esquinas del centro, porque en varias se acumulan las aguas aprovechando la pendiente transversal de las calles. Consecuentemente, abundan los zapatos mojados, las botas de goma y los personajes que alegan por los conductores que, poco acostumbrados al trajín lluvioso, arrojan agua a sus cabezas.
Cuando llueve en Santiago, se habla del tema.
Es tema de conversación en el café y en la hora de almuerzo. La gente pregunta a qué hora empieza, cuelga sus paraguas en los percheros y viene con impermeable. Se culpa al hombre del tiempo porque dijo que empezaba a llover a las 12 y son las 19 y todavía nada.
A veces parece que lloviera fuerte, y a uno no le parece tanto porque es del sur y en el sur estas cosas pasan bastante más seguido. Así que, incluso, se echa de menos. El agua que cae sobre todo viene a limpiar un poco lo que había. Y en ese sentido cumple el hermoso rol de dejarse caer. Eso sobretodo. Eso de seguir cayendo desde alturas improbables.
Cuando llueve en Santiago, el Metro no avanza.
Y se queda entre estaciones, como esperando que el siguiente avance un poco más, y el sistema pueda volver a la normalidad. Las personas mojadas y un poco más expectantes y nerviosas que lo habitual -que ya es bastante-, esperan que todo dure un poco menos de lo que estaba presupuestado. Estar en el Metro, afrontémoslo, es una cuenta regresiva permanente. La utilidad negativa, famosa. Y ahora que llueve es un poco más negativa.
Cuando llueve en Santiago, prefiero no escuchar música.
Porque por mucho que "Rain" de los Beatles, "The Rain Song" de Led Zeppelin, "Winter" de los Rolling Stones o "Canción del Sur" de los Jaivas, tengan reminiscencias de sonidos de lluvia y entreguen un poco de paz en la jornada, no hay nada mejor que abrir la ventana y escuchar cómo las gotas abundantes rebotan sobre el cemento del estacionamiento, y cualquier otro ruido -taladros, gritos, aguas hirviendo- pierde toda importancia al lado de su majestuosidad.
Y así se pasa toda una tarde, escuchando cómo llueve al lado.
Y otra externalidad positiva de la lluvia en Santiago es la Cordillera del día siguiente. Que se ve. De verdad se ve. Y no es una pura leyenda como en cualquier día. Como hoy.
Cuando llueve en Santiago, es más fácil recordar al sur.
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Cristian
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Etiquetas: lluvia, santiaguinas
sábado 8 de agosto de 2009
Reunión
(o "Cosas que pasan de repente")
Nooooo... esta huevá no puede ser. No puede ser que nos intenten quitar la pega. Quiénes son ustedes, después de todo. Nadie. Unos pendejos de mierda que se quieren meter en huevás que no les corresponden. Es pega nuestra. La gente sabe que somos los expertos. La llevamos. ¿O van a pelear contra más de treinta años de experiencia? Nooooo... esta huevá no puede ser. No tienen nada que reclamar, no les corresponde. Si nosotros somos los únicos que podemos hacer bien la pega. Están cobrando muy poco, huevón. Tú no sabes cómo se alargan estas huevás, porque los que piden estas pegas no tienen ni hueva de idea. ¡Si a veces hay que hacer harto más de lo que se planifica! Ustedes no tienen idea. Me imagino que habrá reuniones con estos huevones. Eso también hay que presupuestarlo. Tenerlo claro. Nos va a quitar tiempo. La estimación de HH se nos va a ir a la mierda. Pero nosotros lo sabemos. Si llevamos no se cuánto tiempo en esta huevá. En el futuro lo tenemos que hacer nosotros. Oye, recuérdame una cosa. Yo conozco a estos giles. Uno de ellos es padrino de bautizo de una sobrina. Son los dueños de toda la empresa. La tremenda huevá, pos, huevón. Tienen posibilidades de seguirse expandiendo y llenándose los bolsillos, entonces que no vengan a pedir huevás. Creen que es un puro trámite. Noooo... ustedes no pueden tomar esta huevá solos. Esto se maneja, se conversa, se discute. Nos vamos a reunir una vez por semana, para ver con quién tenemos que hablar para que esta huevá funcione. La pega la hacemos nosotros, si por algo somos quienes somos. ¿Que ustedes han tenido buenos resultados? Sí, pero no son nadie. Nadie todavía. ¿O le han ganado a alguien? Nadie, no tienen el sello, no tienen la experiencia. Ni siquiera cacho si tienen la experiencia suficiente, huevón. Pa' ná. Están huevones si creen que se van a salir con la suya. Esta huevá la manejamos desde acá. Ustedes van a tener que apartarse. Dedíquense a las huevás que tienen designadas. Después hablamos. Y corten su huevadita. Si los vuelven a llamar, nos avisan.
Y cosas como ésta, de vez en cuando. Suponer que hay que aguantarlo. Respirar profundo. No responder. No poner caras. Protegerse. Descansar el fin de semana.
Escrito por
Cristian
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Etiquetas: corruptos, cosas que desprecio, laborales
jueves 30 de julio de 2009
Desintereses #1
Siempre me las he dado de un tipo que disfruta aprendiendo de cosas nuevas. Por eso leo lo que más puedo, miro harta televisión, intento conversar con la gente que me parece interesante. Y tantas otras cosas. Sin embargo, el curso de la vida me ha enseñado que hay un conjunto de temas sobre lo que NO me interesa aprender. Ahora los paso a deletrear:
1. Minería. He trabajado en estudios de transporte para mineras, y algo he tenido que entender respecto de los procesos de extracción de minerales, y los productos e insumos necesarios. Y de verdad que no me interesa. Me parece de lo menos atractivo aprender respecto de maquinarias, procesos de optimización de trabajos monótonos, faenas, lixiviación, tranques de relave, concentraductos y ese tipo de cosas. No me agradaría vivir en función de los minerales preciosos, ni trabajar en un régimen que, si bien entrega mucho dinero, es extremadamente sacrificado. Y, si bien las obras de ingeniería asociadas a la minería son de lo más grande que ha logrado el ser humano en su sabiduría, cuando me invitan a ver faenas mineras no me queda otra cosa que responder "¡me da lo mismo!"
2. Mecánica. Para decirlo claro: cuando hay algún dispositivo que funciona a través de una piedra que mueve un interruptor que luego enciende un fuego que luego aciva una máquina que mueve una polea, yo me pierdo. Tengo que verlo, como en las maquinitas Acme de los dibujos animados, ésas en que a partir del movimiento de una nuez, generaban un complejo dispositivo que era capaz de tirarle la cola a un gato o hacer explotar una casa. Si me lo explican, no lo entiendo. Y si no lo entiendo, no me interesa. Soy un poco cerrado con eso. Con otra maravilla humana.
3. Autos #1 (Automovilismo). ¿Por qué manejar un auto es un deporte? Al menos no es un deporte olímpico, eso está claro. Sin embargo, no sólo me cuesta entender cómo algo que depende más de la maquinaria disponible que del esfuerzo humano, es seguido como un deporte, sino cómo algo tan extremadamente poco entretenido, es seguido por millones. Allá ustedes, estimados radioescuchas seguidores de estas aventuras sobre ruedas. Para mí no pasa nada.
4. Autos #2 (Modo de transporte). El otro día me preguntaron qué modelo de auto manejaba yo normalmente. A mi interlocutor le costó entender que yo no tuviera auto y que, si manejaba, era en Concepción, el auto de mi mamá, y probablemente un "Hyundai algo". No sé nada de modelos de vehículos, ni de mecánica ni de tecnología de los medios. Supongo que algo debería dominar, ya que algo tiene que ver con temas que desarrollo en el trabajo, pero mientras me pueda arrancar de ese conocmiento que me es tan desagradable, lo hago. Parece que algo tiene que ver con la mecánica, ¿no? Nunca sé de qué año son los autos, ni cuál es el modelo, ni tengo muy claro qué significa la dirección servoasistida y ese tipo de cosas. Pero sí sé cómo hay que contarlos. Supongo que laboralmente es lo importante.
5. Estudios de salud de Morondanga. Ya casi ni leo estos estudios que aparecen todos los días en los medios. La cantidad de productos potencialmente cancerígenos que salen a la luz es impresionante. Y algunos estudios se contradicen con otros. Por ejemplo, desafío a que alguien me cuente si comer huevo es bueno o malo para la salud. Con argumentos, eso sí. A mí a veces me caen mal, y creo que prefiero seguir mi instinto antes que los estudios. A propósito, hace un par de meses tuve que dejar una marca de endulzante de té, porque me dijeron que era potencialmente cancerígena. ¿Sólo ésa? ¿En serio? No jodan. No los pesco.
-oOo-
...y pensé que me iba a salir una lista más larga. Creo que tal vez la pueda expandir con un par de temas en una segunda entrega. Por ahora lo dejo hasta aquí porque sólo quería asomar la cabeza por acá para desmentir cualquier rumor de desaparición. O algo así.
Escrito por
Cristian
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Etiquetas: cosas que no me interesan, cosas que no sé hacer
sábado 18 de julio de 2009
Micro
Por diversos problemas logísticos que se suscitaron al interior de mi familia penquista (que posee dos autos), hoy tuve que viajar en micro acá en Concepción. Creo que un breve relato de este viaje me servirá para poner en contexto una pequeña reflexión que tengo en la garganta hace un par de días, y que sería bueno desahogar en esta instancia.
Ando de visita: fin de semana largo significa compartir acá en la casa, recordarse de momentos hermosos y de las mismas peleítas de siempre, que a estas alturas parecen incluso tiernas. Como estuve un año trabajando desde mi casa, este lugar fue mi hábitat permanente. Al menos veintitrés años de mi vida los pasé dentro de estas paredes, con todo lo bueno y lo malo que puede venir de ello.
Mi papá estará de cumpleaños el 20 de julio, debido a que insiste en la misma fecha todos los años. Habrá algún regalito y una comida. Pequeñas celebraciones. Mi mamá sigue cargando la dolorosa cruz que la ha hecho sufrir, pero al mismo tiempo la ha convertido en una súper mujer, que es alegre a pesar de los golpes que le han dado los años, y que soporta las injusticias con aplomo y vigor que yo tanto admiro. Y mi hermana que es Premio Universidad de Concepción, y ya toda una psicóloga con consulta. Y eso. Tengo que volver a eso, de manera periódica.
Pero hoy tuve que cumplir unos trámites que me llevaron a andar en micro otra vez. No lo recordaba muy bien. Acostumbrado a los Bips de Transantiago y al troncal 210 y la línea 5 del Metro, tuve que cambiar un poco el paradigma para pagar con monedas y tomar el vehículo en un lugar que no era el paradero. También esperar que el conductor me diera el vuelto mientras metía primera, y cortara el boleto mientras conversaba con su copiloto.
Me acomodé en un asiento que encontré de milagro, y agarré el iPod para poner The Velvet Underground & Nico, un disco apropiado para momentos en que uno no entiende mucho las cosas. El bus se llenó poco antes de llegar al Mall (sí, el Mall. Todavía hay uno solo. Y se llena hasta las banderas) y ahí comenzó una de esas cosas que creí que alguien habría arreglado a estas alturas: los bocinazos y las colas tratando de ubicar algún espacio para dejar pasajeros, otro un poco más adelante para esperarlos y quedarse un tiempo no inferior a cinco minutos, tratando de incentivar a algún parroquiano a que abordara, para llegar rápido al centro. ¡Qué manera de perder tiempo valioso, y de hacer menos digno el viaje de los que tuvimos el infortunio de subirnos al vehículo!
Después el resto de la Autopista y el inicio de Paicaví a una velocidad indeterminada, pero muy alta. La gente que quedó de pie se sacudía en el pasillo. Y la misma historia en Tribunales. Los bocinazos de nuevo, las demoras. Diez minutos perdidos.
Concepción se ve cada día más lindo desde lejos. Lo añoro casi tanto como a la cotidianeidad de mi familia, y la serenidad de las conversaciones con mis amigos cercanos. Tiene una belleza única, enmarcada por el río, el clima tan propio, el entorno humano, la identidad cultural, el Barrio Universitario y tantas otras cosas. Hasta Talcahuano, el puerto donde nací, me parece más bonito cada vez que vengo. Por oposición a Santiago, claro está, que es un bodrio desde casi todo punto de vista.
Pero hay mucho que hacer acá todavía. Tal vez por esto del marcado centralismo que nos caracteriza, una montonera de problemas omnipresentes, siguen molestando al desarrollo y a llegar a una mejor calidad de vida. Las micros, estoy seguro, son sólo una minúscula muestra de la cantidad de cosas que siguen igual y peor, y que uno, ahora como visitante esporádico, puede notar de reojo. Algunas parte del folklore penquista, incluso cosas que los que estamos lejos extrañamos con fuerza y desesperación. Pero otras, son simplemente parte de un pasado que debe erradicarse por completo, como para sentir que, al menos, tenemos el impulso de seguir avanzando.
Al irme el domingo, creo que podré comprobar, con un poco de vergüenza, cómo algunos problemas sencillos de Santiago (como éste de las micros), se arreglan con más rapidez y más fortuna, y cómo la gente reclama más y por eso es más escuchada. Aparte de extrañar a algunas de mis personas más queridas, podré verificar cómo, en algunos aspectos, Concepción se ha quedado detenido en el tiempo, como esperando alguna idea brillante que alguien, que por el momento no está presente, debiera lanzar más temprano que tarde.
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Cristian
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Etiquetas: concepción
martes 7 de julio de 2009
Jardín
Faltaba que el departamento que arriendo se transformara en un buen lugar para vivir, porque creo que lo de "hogar" sólo se lo puedo achacar a mi casa de Concepción, con mi familia y eso. Sin embargo, no lo parecía, hasta hace unos meses.
Tenía todavía ese aroma a vacío que hay en las construcciones que van a empezar a ser ocupadas recién. E incluso (creo que era lo que me daba más tristeza) se escuchaba algo de eco cuando alguien hablaba muy fuerte. Los sonidos rebotaban y meter cualquier clase de ruido hacía que los temores de timbre renacieran. Así que la cosa no andaba tan bien al principio. Supongo que jugar a llenar el departamento fue una labor extremadamente demandante, aunque afortunadamente fue posible concretarla en un tiempo relativamente corto. Había muebles, pero aún parecía un departamento vacío.
Hace ya casi un año -quién lo diría-, Melissa se cambió a Santiago también y está viviendo a unas cuadras de mi edificio. Su pequeño departamento tiene el tamaño ideal para ella, y le fue también conveniente para llenarlo de cosas. Con poco más de tiempo, le fue posible comprar lo indispensable y los muebles justos y necesarios para contener su creciente número de objetos.
De nuevo: había muebles, pero aún parecía un departamento vacío.
Pero un día, al llegar a tomar once a su casa, noté algo extraño. Me parecía más algo a un hogar, un buen lugar para vivir, como ya me lo había imaginado. Buscando los detalles no me di cuenta de nada, hasta que ella misma me los indicó. Dos cuadritos de madera que representaban flores, colgados en la pared. Eso era. Daba otra sensación, otro aire. El pequeño living se notaba algo más lleno, pero sobretodo, más acogedor, con mejor disposición para quien recibe, y para el que es recibido.
Creo que me gustó la idea. Sin embargo, en mi arrendada casa es imposible clavar un clavo sin pensar en que me van a cobrar el famoso mes de garantía. Así que imposible pensar en ilustraciones o cuadros bonitos. Mi mamá me había visitado meses anteriores y me había convencido de dejar de lado mis convenciones idiotas y, de una vez por todas, comprar un par de plantas. Del Easy finalmente se fueron a mi living.
Los detalles son importantes, decía.
El sábado pasado me asombré mientras veía la final del Apertura 2009 en la televisión, tomando un café con leche en el desproporcionado jarrón que compré el mes pasado. A una de las plantas, la mejor portada, le habían salido dos nuevos brotes. Ayer comprobé que estaban harto más grandes, y que probablemente el vegetal tenga ganas de seguir creciendo. Moviendo la tierra de los maceteros, traté de hacer que se enderezara (se parece a su dueño con eso de la espalda medio encorvada), y con torpes movimientos de jardinero inicial, traté de rescatar, con la misma metodología, a la otra planta, que no se ha muerto pero se niega a crecer de la misma forma, y se mantiene más bajita.
Me dijeron que les conversara a las plantas, pero me cuesta un poco. Las riego con harto cuidado, con cierta periodicidad, y a veces me quedo mirándolas. Creo que se constituyeron en mi equivalente a las maderas colgadas en la pared del departamento de Melissa: en un detalle (importante, como dijo mi mamá), que convierte el lugar en el que vivo en uno más acogedor. En un pequeño jardincito que tengo que cuidar, porque, para su propio bien o mal, crece en una ciudad que es muy poco amistosa.
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Cristian
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Etiquetas: departamentos, jardín, Melissa, santiaguinas, vida unitaria
sábado 27 de junio de 2009
Jacko
Cuando hablo por teléfono en el trabajo, normalmente sigo manipulando el computador, casi como un reflejo. Así que el jueves 25 de junio pasado, mientras pedía una hora al doctor para un chequeo, apareció en Cooperativa.cl, luego de presionar F5, algo sobre la muerte de Michael Jackson.
Y es una de esas noticias que impresiona. Nunca fui fan suyo ni me voy a convertir en un Facebook fan en estos momentos... Aunque sí recuerdo que varios de mis compañeros de colegio y de vecindario lo idolatraban y trataban de bailar o cantar como él, y aunque copias de cassettes de Bad y Dangerous (los discos cuyo éxito sí logré atestiguar, aunque muy cabro chico como para entender qué pasaba), circularan más rápido, incluso que nuestros propios lápices y cuadernos. Pero captaba que alrededor del concepto había bastante más que "un cantante cualquiera".
Así que hice el loco con la secretaria y me quedé callado, como tragando la noticia, mientras ella decía "aló, aló" y yo no podía completar el diálogo. Hasta que me dijeron algo como que se había caído el sistema, y no me dieron la hora. Y yo corrí a anunciar la noticia a todo el que me quisiera escuchar.
Los discos de Jackson siempre me parecieron un poco difíciles de digerir, y creo que al no sentir su autenticidad en pleno, nunca pude seguirlo como sí me llegaron otros artistas. Sin embargo, viviendo en los 90, era imposible sustraerse a ese volumen de éxito. Todos en mi colegio habían visto el video de "Thriller", y veíamos "Black or White" en pasadas interminables de la versión larga en el Canal Regional. Varios soñaban con ir a verlo, otros amenizaban sus fiestas de cumpleaños/comilonas de completos/pichangas de fines de semana, con pasadas repetidas del disco Bad hasta que "The Way You Make Me Feel" ya nos tenía las orejas como platillo.
Una vez en el colegio nos hablaron de lo perjudicial que podía ser que nos tomáramos en serio el video de "History", ése donde el ídolo aparece casi endiosado y convertido en una enorme efigie de cemento, mientras helicópteros reales y soldados de ejércitos de verdad, le rinden un homenaje impensable, casi digno de una divinidad. Fútiles ejercicios para pre-púberes que iban a verse "influidos" por cosas bastante más dañinas como el desprecio por el prójimo, en el tiempo venidero... Pero ése es otro tema.
Es imposible no apreciar su talento, en todo caso. Creo que la gran muestra de aprecio que yo pude tener con él fue revisar la lista de canciones de Bad y ver que casi todas eran escritas por él. Y enterarme, luego, de que él era un productor obsesivo, un cantante maniático que se quedaba hasta las "y tantas" de la madrugada para lograr la nota que deseaba, y un arreglador perfeccionista que, junto con Quincy Jones en sus mejores momentos, buscaba la nota precisa de una guitarra o un sintetizador para armar el sonido que él quería. Así, canciones entrañables como "Off the Wall", "Don't Stop Till You Get Enough", "Thriller", "Billy Jean", "Beat it" o la misma "Black or White" (mi favorita personal, pero creo que por raciones más emocionales que de calidad de la canción), lograron un sonido único.
Aparte de todo, preocupado por dar un espectáculo íntegro. Hoy La Tercera reproduce una cita decidora, proveniente de su autobiografía, que yo me tomo la libertad de copy/pastear
Para mí, no hay nada más importante que hacer feliz a la gente, alivi{andolos de sus problemas y preocupaciones. Ayudando a alivianar la carga. Quiero que salgan de los espectáculos que hago diciendo '¡Eso fue increíble! Quiero volver pasarlo estupendo' Para mí, eso es de lo que se trata todo esto.
Al ser testigo de uno de estos eventos "mediáticos", uno entiende cosas, y puede sacar algunas ideas en limpio. Yo tengo bien claras las mías. Una de ellas es que detesto más que nunca a los "holier-than-thou", ésos que buscan que todo el mundo sea moralmente intachable y que se dedican, como en la época de la Inquisición, a buscar los defectos de los demás. Conozco varios de ésos, y hoy están preocupados por destacar lo injustificable que llenó la vida de Jackson, sin pizcas de tacto. Pero allá ellos.
Otra es que la gente no sabe interpretar las líricas de las canciones. Al encontrar la expresion "heart attack" en una de sus canciones, y descifrar la letra de otra (desconocida para mí), llamada "Morphine", dedujeron que el tipo hacía apologías de la droga y que, por tanto, había predicho su muerte. Cualquier persona medianamente cuerda sabe que las canciones sobre drogas existen desde que la música es música ("give me champagne when I'm thirsty / give me a reefer when I want to get high" cantaba Muddy Waters en los '50), y que muchas de ellas, más que odas a las adicciones, son gritos de ayuda ("Sister Morphine" de los Rolling Stones, "Heroin" de la Velvet Underground, y "Cold Turkey" de John Lennon, se me vienen a la cabeza en el momento). Parece que a varios les falta comprensión de lectura.
Y la última, que al parecer es compartida por uno de mis escritores de cabecera, el querido tío señor Lamordes, es la perplejidad acerca de como el mismo éxito puede transformar a una persona. Jackson tenía niveles insospechados de popularidad, fue el primero en firmar convenios comerciales por miles de millones de dólares, sus video costaban más que películas completas de Hollywood, sus discos eran tan caros de producir que, a pesar de vender millones, igual terminaban generando pérdidas. No podía hacer nada en pequeño, y por eso su éxito terminó siendo apoteósico, y creo que se lo comió así mismo. Una persona como él tenía que terminar autodestruyéndose, transformada en monstruo (física y psíquicamente) debido a que esa exposición bestial, esa truculencia permanente, esa vida de fantasía... simplemente no pueden soportarse.
No creo que un ser humano pueda llegar, jamás, a tener ese nivel de fama y exposición, y tampoco creo que sea posible escapar de la locura, la enfermedad, la degeneración ni la decadencia, después de haber vivido una vida como ésa. Sin justificar lo injustificable, esto es una paradoja de estos tiempos modernos. El mismo frenesí de ventas, todo eso, gigantesco, enorme, impresionante, termina por destruir lo que se había construido, y transformar a un individuo inigualable y talentoso, en un verdadero monstruo. Como que, al final, se le terminó cayendo el rostro, y las imágenes de los últimos días sean verdaderamente penosas y terroríficas.
Al menos me quedo con la música, porque eso es lo que no muere. Lo demás sigue siendo nada... Porque finalmente, la muerte, que es la más democrática de todas, como lo dijo Benedetti, nos lleva a todos.
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Cristian
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domingo 21 de junio de 2009
Pausa
Los días corren muy rápido. Tanto, que a veces parece que tuvieran 16 horas o menos incluso. Uno no se da cuenta y de repente termina entrando a la vejez, cambiando de folio en los años o agregando velitas a la torta de manera indiscriminada. O viéndose ante la incertidumbre de tener que tomar decisiones verdaderamente serias. Cosas como de adulto. Levantarse para trabajar y cumplir con lo que uno debe hacer, pagar las cuentas, preocuparse de ir al médico para chequeos periódicos, empezar a establecer líneas respecto de la vida futura. Es un poco frenético, pero parece que, de ahora en adelante, la vida es puso así.
Así que cada cierto tiempo me gusta desaparecer un rato. Como por el curso de un día, máximo. Que nadie me vea. Me levanto tarde y me escabullo a mis propias actividades, veo fútbol o escribo, ordeno mis papeles y las cosas que tengo en el computador, sin dar explicaciones mayores. Siempre he defendido la soledad periódica como terapia, como para forzar una introspección que creo necesaria para todos.
No hay nada que me asuste más, a priori, que pararme frente a la vida y no saber realmente quién soy, ni adónde voy. Eso de no tener idea de por qué se hacen las cosas, o de vivir como un pajarito, pensando que está todo bien y que no importa nada más alrededor, me aterra un poco menos que la locura abosoluta.
Y en mis introspecciones pienso que no hay otra forma de encontrarme que estar solo. Desconectarme un poco, -o apretar el botón de pausa, si se quiere-, y aprovechar las oportunidades para dejarlo todo más clarito. Y, de paso, descansar y hacer algún ejercicio en el ámbito de la cocina, que siempre está algo abandonado en mi existencia.
Así que por eso hoy no salí de mi casa, y siento que esta pausa me viene muy bien para comenzar un invierno que, además de lluvioso y frío, viene complicado en muchos aspectos. Me quedaron varias cosas claras, aunque varias veces incluso las conversaciones conmigo mismo se me hacen un poco complejas. Pero eso es harina de otro costal. Lo importante es que el botón de pausa también debe ser presionado a veces, al menos para compensar un poco la fiebre de fast forward que nos da a veces.
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Cristian
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Etiquetas: vida unitaria
sábado 13 de junio de 2009
Solamente
If I could stick a knife in my heart,
suicide right on stage,
would it be enough for your teenage lust,
would it help to ease the pain?
- "It's Only Rock'n'Roll (But I Like it)" - The Rolling Stones
Jagger es un ídolo, creo que nadie lo podría discutir a estas alturas. A sus 65 años, los Rolling Stones editaron el DVD Shine a Light, que contiene un concierto dado en Nueva York en el marco de la gira del disco A Bigger Bang (2005). La gracia del DVD, uno de los muchos registros en vivo que tienen estos muchachitos, es que está dirigido por Martin Scorsese, lo que no deja de darle un toque. Más allá de las apariciones estelares de gente tan única como Jack White, Christina Aguilera o un bluesman legendario llamado Buddy Guy, al que -reconozco hidalgamente- conocí por el DVD, es la performance de la banda. Mientras Charlie Watts (una calavera a estas alturas de la vida) mantiene hidalgamente el ritmo de la batería, entregando un desempeño certero y preciso, y Keith Richards me convence cada día más de una antigua creencia antigua mía (que él tiene pacto con el diablo), Mick Jagger corre por el escenario sin atisbos de cansancio ni transpiración. Nunca fue un gran cantante, ni fueron ésos sus méritos, así que no se nota muy bien si ha perdido la voz, o la mantiene. El tipo entretiene, con todos sus gestos y sus gritos y aullidos, y es un cantante de rock y blues que conmueve a través de su simple presencia. Como dice la canción que cito en el epígrafe, se entrega en cada desempeño, en cada canción. A los 66 años simplemente cree en lo que hace, y eso se nota.
Creo que hay gente que tiene ese gusto por el escenario, que le hace pensar a uno como espectador que está siendo privilegiado al presenciar su actuación, al ver que no actúa y que se siente verdaderamente cómodo, a sus anchas, manejando todos los elementos artísticos para entregar al público lo que -se entiende por el pago de la entrada-, andaba buscando. En otro ámbito completamente distinto de la música, Raphael me entregó eso durante el año, en uno de los conciertos más intensos y de mejor factura técnica que he visto. El Arena Santiago parecía un living en el que se veía un control total de cada aspecto, un profesionalismo absoluto, y una emoción que el artista emanaba a raudales para deleite del público. Tal vez para él esto era "sólo" música, pero el público lo agradecía a cada canción con un aplauso extasiado. Cuando él cantó "Gracias a la Vida", señaló estar viviendo de nuevo, y creo que quienes lo presenciamos, le creímos a ciegas.
Este profesionalismo a toda prueba, este ser artistas, creer en lo que son y vivir para ello, es lo que, a todas luces, genera el éxtasis del público. Para ellos es solamente su trabajo ("I know, it's only rock'n'roll, but I like it", canta Jagger), pero uno agradece que se lo tomen tan en serio, y tan como un aspecto que, para tantos miles, es tan importante. Guardando las proporciones, creo que éste es uno de los méritos más importantes que ha presentado Marcelo Bielsa en su brillante trabajo con la selección. Ahora es idolatrado, el Clinic pide su canonización y otros proclaman su candidatura presidencial.
Y él siente que esto es sólo su trabajo, declara en su conferencia de prensa que todo es mérito de sus jugadores. Un poco disminuyendo la importancia de su propio trabajo, de revisar video tras video, jugada tras jugada, de ser un observador obsesivo que desmenuza todas las jugadas que pueda detectar, estudiando rigurosamente a todos sus rivales, estableciendo comparaciones objetivas y generando un trabajo científico impecable de desglose del juego, que luego traduce a sus jugadores, diseñando lo que, al final, resulta ser un juego de inteligencia y precisión casi tan simple como el ajedrez, que se lleva a la perfección en la cancha.
¡Y él dice que está sólo cumpliendo con su trabajo!
Hoy pienso en qué tan diferente sería todo si cada uno hiciera bien lo que tiene que hacer, con dedicación y profesionalismo. Tal vez no al nivel de obsesión o entrega de estos personajes, pero al menos poniendo la atención que se debe, con la dedicación apropiada. Qué bonito sería perseguir los objetivos con pasión, y que no existieran los aburrimientos ni esas cosas que hacen fallar hasta las iniciativas más nobles. Qué genial sería que el trabajo fuera solamente el trabajo, pero se hiciera bien. Con gusto y con amor, destilando pasión en cada acto.
Entregarse en cada acto, cada día, a estas alturas parece una frase idiota extraída de algún libro de autoayuda. Supongo que, hasta cierto punto, así es. Sin embargo, una buena parte de la motivación es interna, y a veces es muy bueno pensar que las cosas son verdaderamente importantes, y que pueden mejorar simplemente con mirarlas desde otro ángulo.
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Cristian
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miércoles 3 de junio de 2009
Rosas
"Nadie nos prometió un jardín de rosas", decía Fito Páez. Es un cliché que había sido usado en otras canciones, dentro de las cuales, la más famosa es ésa medio country de 1970, "(I Never Promised You A) Rose Garden", que Wikipedia me informa que cantó una señorita llamada Lynn Anderson, cuyo nombre sólo me sonó después de hacer la búsqueda para este post.
Están difíciles las cosas por varios lados, debo decirlo, utilizando nuevamente esta bitácora como diario personal, dado que los blogs viven una decadencia tal que casi nadie los lee 1, a menos que tengan información verdaderamente relevante. Hay varias cosas que vigilar, han aparecido noticias inesperadas y uno se da cuenta de que, incluso en los inviernos moderados, la vida parece ser bien parecida a un barco que hay que guiar por las tormentas. O, dado que nunca he navegado en barco 2, puede ser parecida a una bicicleta en una montaña. Y lo peor es que, tal como lo atestiguan los documentos gráficos relevantes, yo nunca he aprendido a usar los cambios de una bicicleta. Así que se vuelve a morir la analogía.
Después de veintiséis años, uno no puede llegar y decir que está preparado para enfrentarlo todo. Está más que claro que los eventos poco deseados no llegan con la misma fuerza de antes, y el carácter está más desarrollado, de manera tal que uno no se derrumba. Cuántas veces antes, una mirada fría podía arruinar un mes completo. Adolescencia creo que le llaman.
Ahora no pasa eso. Se supone que ahora uno está más maduro y debe recibir las noticias con un poco más de estoiticidad y un poco menos de emocionalidad. La pregunta es si uno se la va a poder con lo que viene, y creo que (afortunadamente) eso no tiene una respuesta única. Primero, porque no se sabe lo que viene3 y segundo, porque puede que en el futuro aparezcan cualidades que no se sabe que se tienen.
El futuro. Saber lo que vendrá después debe ser angustiante, ya lo ha investigado la ciencia ficción antes. Ahora me interesaría saber si voy a poder ayudar a quienes me necesitan, a quienes quiero entregar todo lo que tengo, todo lo que soy. Porque nadie nos prometió un jardín de rosas. La vida es difícil, y a veces a uno le toca de facilitador. O de jardinero, para que algunas malezas se transformen en lo que realmente tienen que ser.
Y está el trabajo y las obligaciones y los días y las tardes y las noches. Entremedio de todo.
Me acabo de dar cuenta de lo críptico que es esto que acabo de escribir. Espero que nadie lo lea.
-oOo-
1 Lo cual no me sorprende ni me entristece, aunque no sé si me alegre tampoco.
2 Sin contar los paseos en lancha por Dichato y Quillón, y esa vez en que casi me cai de la balsa que lleva al Huáscar en Talcahuano, claro.
3 Aunque, ya lo dijo Nicanor, "es lo único / De lo que realmente disponemos."
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Cristian
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lunes 25 de mayo de 2009
Premio
Las comparaciones son odiosas, dice la mayoría de las personas, y normalmente (a continuación), lanzan una comparación. Que, por cierto, tiene toda la cara de odiosa. Es porque siempre dejan a alguien perdiendo, porque muchas veces los criterios de comparación son absurdos y porque, finalmente, todas las personas somos esencialmente distintas. A mí no me gusta hacerlas más que para entender determinados hechos, y sobretodo, para llevar al ridículo algunas situaciones más o menos serias. Pero en la vida real, tienden a perjudicar de lo más abiertamente a alguno de los dos inculpados.
Yo creo que más de alguien hizo comparaciones entre mi hermana y yo, básicamente porque veníamos del mismo hogar, y porque a la gente le gusta entretenerse, digámoslo con todas sus letras. Así que siempre estaban todas esas cosas un poco odiosas, que nunca nos importaron demasiado. No conozco otro par de hermanos que nunca hayan peleado, ni siquiera cuando eran cabros chicos. Claro, alguna vez nos pegamos un poco, pero deben haber sido pocas las ocasiones. Yo recuerdo un coscacho de mi parte hacia ella, que me dolió hasta el alma, y que todavía me apena recordar. De vuelta algo debe haber habido, pero las burlas y las molestias se fueron pasando rápido.
Después éramos muy hermanables, lo seguimos siendo en el tiempo y lo somos hasta el día de hoy. Aunque todo nació con los cuidados de mi mamá, que siempre compraba dos envases de Natur aunque sólo uno de nosotros quisiera, porque había que compartirlo. Dos Súper 8, dos paquetes de ramitas. Y mi papá que nos enseñaba que siempre podíamos resolver los problemas de otra manera, comprendiéndonos un poco más, y a veces incluso regalando lo que era propio.
Creo que después nos hemos ido acompañando en la vida. Al menos sé que ha actuado como una de mis mejores amigas en momentos de decisiones importantes, como consejera en algunos instantes en que la decepción llenaba un poco la existencia, y como aliada en las discusiones omnipresentes -y edificantes- con mis papás. También como ama de la Mimí, cómo olvidarlo. La he visto crecer y tener su propia historia, sus cuentos, sus pololos, sus amigos. Su vida, que siempre ha compartido generosamente con la familia.
Mi hermana psicóloga obtuvo el Premio Universidad de Concepción, a la mejor egresada de su generación, en lo que ha sido la mejor noticia que he recibido durante el año (un año particularmente gris: ni negro ni blanco, si se me permite la analogía barata y la alusión a poetas menores). No pude estar en la ceremonia de entrega, pero me alegré infinitamente, como con estas alegrías genuinas que hacen que uno ande sonriendo aunque no quiera, y que la mueca quede un poco pegada en el rostro. Por Dios que me gustan esos días, y esas noticias.
Mi hermana psicóloga lo merecía, no sólo por el talento que claramente tiene para su carrera, y que ha ido desarrollando en un proceso que abarcó desde sus últimos años de colegio hasta la actualidad, en una evolución constante, sin retrocesos. No sólo por el esfuerzo que siempre puso, al estudiar e interesarse por sus temas, y preparar de manera responsable todo lo que tuviera que ver con su carrera. No sólo por las pruebas que ha debido sortear a lo largo de la vida, y que la han puesto más de alguna vez en el borde de la duda. No sólo por eso, sino por ser como es. Por ser la mejor hermana del mundo, merece haber matado todas las comparaciones posibles, y ponerse en un lugar de privilegio cuando nuestros padres, emocionados, recuerden los hitos más hermosos de sus respectivas vidas.
Y tenía que dejarlo por escrito porque hay cosas que vale la pena recordar para siempre.
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Cristian
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Etiquetas: familiares
lunes 18 de mayo de 2009
Benedetti
Cuando se muere alguien como Benedetti, las palabras de un mortal como el que escribe, quedan un poco rezagadas por su escasa importancia. El caballero hablaba con unas palabras sencillas que se sitúan casi en el polo opuesto de la poesía que habitualmente leo (como el Neruda de Residencia en la Tierra, o la Mistral de Lagar), y se acercaba a la deconstrucción del lenguaje para hacer poesía de lo más sencillo. La Tregua es un libro excepcionalmente bello, de estos pocos que hay (porque los hay), que marcan. El Sur También Existe es un precioso libro de reafirmación y casi de refundación erótica, que para los iniciados - como quien escribe, por cierto -, Serrat transformó en un bonito disco. Creo que alguien con esos libros, y con ese puñado de poemas realmente hermosos, no muere nunca. Así de simple. Morirá si deja de ser leído. Y no creo que pase.
Así que la muerte llegó a buscarlo, pero él tenía ya algo pensado. A los pocos que pasan por acá hoy, les invito a releer este poema, que de seguro ya conocen. El "Embarazoso panegírico de la muerte" llegó a mí en voz de mi papá, que lo leyó en el funeral de un muy querido amigo de la familia. Fue publicado en 1991 en un libro cuyo nombre no recuerdo (puede que sea Las Soledades de Babel), pero yo lo tengo en una edición delgada de sus obras poéticas tituladas Inventario 2. Doloroso, pero cierto. Que en paz descanse, don Mario.
La periodista me preguntó
si yo creía en el más allá
y le dije que no
entonces me preguntó
si eso no me angustiaba
y le dije que sí
pero también es cierto
que a veces la vida
provoca más angustias
que la muerte
porque las vejaciones
o simplemente los caprichos
nos van colocando en compartimientos
estancos
nos separan los odios
las discriminaciones
las cuentas bancarias
el color de la piel
la afirmación o el rechazo de dios
en cambio la muerte
no hace distingos
nos mete a todos en el mismo saco
ricos y pobres
súbditos y reyes
miserables y poderosos
indios y caras pálidas
ibéricos y sudacas
feligreses y agnósticos
reconozcamos que la muerte hace siempre
una justa distribución de la nada
sin plusvalías ni ofertas ni demandas
igualitaria y ecuánime
atiende a cada gusanito
según sus necesidades
neutra y equitativa
acoge con igual disposición y celo
a los cadáveres suntuosos de extrama derecha
que a los interfectos de extrema necesidad
la muerte es ecléctica pluralista social
distributiva insobornable
y lo seguirá siendo
a menos que a alguien
se le ocurra
privatizarla
Parafraseando a Nicanor, "hombres como Benedetti no debieran morir / es lo que yo postulo con este poema"... En fin. La vida continúa, igual que los libros. Supongo y espero que los buenos poemas también.
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Cristian
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lunes 11 de mayo de 2009
Tres
En el campo dicen que las desgracias nunca vienen solas. De hecho, aventuran un poco más y señalan (de acuerdo a lo que me cuenta Melissa), que las muertes vienen de a tres. Probablemente a partir de la sabiduría popular, que se cimenta en la experiencia y en el hecho de que en el campo el conocimiento no fluye tanto, sino que se convierte un poco en raíz de cada lugar. Lo cual no deja de tener su encanto.
Entonces allá muere alguien, y los familiares, amigos y cercanos, creen que la cosa no ha terminado. Esperan pacientemente y luego saben, aunque sea de oídas, de la muerte de un conocido del vecino. No lo conocían, pero es alguien. Y después resulta que el papá del dueño del almacén del pueblo que queda a más de tres kilómetros, no aguantó más y se murió, y fue el tercero. Sólo después de la constatación de la verdad de esta noticia, se quedan un poco más tranquilos.
Extienden, luego, la creatividad, y suelen decir que las desgracias nunca vienen solas, sino que de a tres. El tres debe ser un número relevante, como lo eran el siete o el nueve en otras culturas. Porque parece que permite cerrar una especie de ciclo, y quedar con una especie de seguridad de que, por lo menos en un tiempo, vamos a quedar a salvo. Después del tercer ataque, claro está.
Guardando las proporciones, hace muy poco eché a perder mi notebook (muerte de la placa madre), el celular de la empresa (agua en la batería) y la llave de agua caliente del lavaplatos del departamento (una goma suelta, me dicen). Recién logré recuperar el notebook, con $47.600 de desembolso (IVA incluido). Lo del celular va para largo, porque me pasaron un repuesto que tenía la batería completamente descargada, y lo de la llave...
No saben ustedes, queridísimos radioescuchas, lo difícil que es encontrar gásfiteres (?) en el centro de esta ciudad. Probablemente trabajen en horarios de oficina. Hay un caballero en el edificio que dijo que me podía arreglar la llave "al día siguiente", pero eso fue hace como dos semanas. Apretando un poco el mecanismo de apertura, he logrado que el goteo sea más suave, y poniendo una esponja debajo, que el rebote no sea ruidoso. Pero éstas son soluciones parche. Serán $2.500 más en la cuenta del agua mensual, qué sé yo, pero no me gusta estar perdiendo recursos. La torpeza manual infinita con la que he sido castigado, me impide realizar cualquier arreglo por mí mismo. Así que tengo que seguir dependiendo de alguien más.
Creo que este post tiene dos conclusiones: en primer término, cuando uno vive solo, se da cuenta de que hay una enorme lista de cosas de las que jamás se preocupó, pero que ahora tiene que ver por su propia cuenta. Las reparaciones en la casa son una de ellas. Y la otra, un poco más mundana: hoy tenía que escribir algo completamente doméstico, porque si no, el trabajo me iba a liquidar.
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Cristian
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viernes 1 de mayo de 2009
Urgente
La palabra urgente está sobrevalorada.
Algo "urgente" es, de acuerdo a mi nunca bien ponderada RAE, viene de urgencia, que es una "necesidad o falta apremiante de lo que es menester para algún negocio". La palabra apremiante es la clave. A mí me da a entender que se trata de cosas de vida o muerte. Casos en los cuales un medicamento o un antídoto no aplicados de manera adecuada, pueden causar algún perjuicio extremo o fatal a alguien que los necesita. Urgente de verdad. Que urge, que apremia.
Lo otro, lo laboral, lo de todos los días, se necesita. Se requiere. Se pide. Que se haga bien y que se cumplan los plazos. Pero el resto es de poca organización, yo creo. Al menos así lo he visto. La gente que pide los trabajos de despreocupa de los plazos y espera que los demás hagan todo en un período de tiempo reducido, jugándose sus sistemas nerviosos de paso, y arriesgándose a cometer errores.
Apremia, preocupa, apura. Tensión. Pero de la mala. No de ésa que nos mantiene vivos a partir de la necesidad de hacer cosas, sino de ésa que tiende a ponernos nerviosos para hacer las cosas apurados. Rápido. No importa cómo. Total después nos corregirán si estaba malo. Lo importante es entregar algo ahora. O antes.
Digo todo esto porque la palabra me tiene un poco enfermo. Me di cuenta cuando recién empecé a trabajar y me pidieron un informe urgente. Hasta las diez y tanto de la noche me quedé preparándolo, lo entregué a tiempo con el formato y todo, sólo para darme cuenta, a las dos semanas después, de que sus destinatarios no lo habían leído, debido a que me llamaban (urgente de nuevo) para preguntarme por teléfono, detalles que estaban claramente explicados en el documento. Para mí, que siempre trato de controlar los nervios porque, si bien me impulsan a trabajar, en exceso me resultan absolutamente contraproducentes, el tema fue crítico. Así que la lección fue la de tomar los requerimientos dependiendo de quién vinieran. Discriminando acerca de la verdadera urgencia de las cosas, y preocupándose, mejor, de cumplir los plazos previamente estipulados, hacer que los acuerdos se respeten y, sobretodo, que las cosas que se pacten, salgan bien, y no tengan que hacerse de nuevo. El trabajo bien hecho, más que el trabajo hecho rápido, o urgente.
¿Cómo podrá ocuparse el lenguaje para pedir rapidez y calidad al mismo tiempo? Tal vez el problema está en los tonos, y serán los psicólogos los que podrían explicar, en este punto, que hay diversas formas de estimular a los demás a realizar sus trabajos de buena forma. Quizás algunos entiendan a los golpes, o con amenazas. Pero a varios de nosotros es mejor que se nos explique con claridad la necesidad de que todo esté hecho de buena forma y en buen tiempo.
Las experiencias de trabajo de amigos y ex compañeros viven repitiéndose en el mismo tono de urgencia mal entendida. A todos les piden cosas urgentes, para ayer, y bueno. Hay que cumplir. Pero la palabra es problemática, y tiene asociada consigo una valoración extremadamente negativa, al menos por mi parte. Cada vez que me piden algo urgente en el trabajo me pongo de mal humor. Y cuando leo la palabra en correos no-laborales de viejos amigos de la Universidad (como me pasó el otro día), no puedo más que reírme, y responderles, no sin un remanente de sonrisa en el rostro, con una simple frase de encabezado.
La palabra urgente está sobrevalorada
Escrito por
Cristian
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16:40
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despiertan
Etiquetas: día del trabajador, laborales, palabras

